El Monte Sinaí ocupa un lugar prominente en el libro del Éxodo, donde se narran los eventos fundacionales del pueblo de Israel tras su liberación de la esclavitud en Egipto. Este monte, situado en la península del Sinaí, se convierte en el epicentro de la manifestación de Dios, marcada por fenómenos extraordinarios que subrayan su trascendencia y santidad.
La zarza ardiente y la vocación de Moisés
El primer encuentro significativo ocurre en Horeb, el monte de Dios, donde Moisés, pastoreando el rebaño de su suegro Jetro, presencia la zarza ardiente que no se consume. Dios se revela desde la llama, ordenando a Moisés quitarse las sandalias porque el lugar es suelo santo, y se presenta como «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob». Allí, Dios anuncia su nombre: «Yo soy el que soy» (Ehyeh asher ehyeh), un misterio de su ser eterno y presencia salvífica, encomendando a Moisés la liberación de Israel.4,5
Este episodio marca el inicio del Éxodo y prefigura la revelación plena en Cristo, el «Yo soy» del Evangelio de Juan. La santidad del lugar exige pureza y reverencia, un tema recurrente en la tradición católica.3
La teofanía y el establecimiento del pacto
Tres meses después de salir de Egipto, Israel acampa frente al Sinaí. Dios invita a Moisés a subir al monte, recordando los milagros en Egipto y proponiendo un pacto: si el pueblo obedece su voz y guarda la alianza, será «mi posesión particular entre todos los pueblos», un «reino de sacerdotes y nación santa». El pueblo acepta unánimemente.1
La teofanía se desata el tercer día: truenos, relámpagos, nube espesa, sonido de shofar y humo como de horno, con el monte temblando. Dios desciende en fuego, y Moisés sube para recibir la Ley. Límites estrictos rodean el monte: quien lo toque morirá, enfatizando la separación entre lo divino y lo humano.1,6
En el capítulo 24, Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y setenta ancianos suben y contemplan a Dios; luego, Moisés asciende solo por cuarenta días, recibiendo las tablas de la Ley en medio de la gloria divina como fuego devorador.6
La renovación del pacto y las tablas de la Ley
Tras el pecado del becerro de oro, Dios ordena a Moisés tallar nuevas tablas. En el Sinaí, Dios proclama su nombre misericordioso: «Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la ira y rico en clemencia y fidelidad», perdonando pero castigando la iniquidad. Moisés permanece cuarenta días más, ayunando, y desciende con el rostro resplandeciente, velándolo ante el pueblo.7,8
Estos eventos culminan en la entrega del Decálogo, los Diez Mandamientos, pilares de la ley moral universal, dados en el contexto de la alianza.2,9

