La pregunta moral nace del corazón humano: ¿qué bien debo hacer para alcanzar la vida eterna? Juan Pablo II sitúa esta cuestión en el núcleo de la vida de todo hombre y la conecta con Jesucristo, presente en la Iglesia y en el mundo. Cristo no se limita a ofrecer normas desde fuera, sino que enseña la verdad sobre la acción moral revelando plenamente el designio del Padre y la vocación integral del ser humano.1
Este enfoque tiene dos consecuencias. La primera, que el juicio moral no se reduce a medir consecuencias ni a contabilizar solo intenciones; la segunda, que la vida moral encuentra su sentido en la relación entre la libertad y el bien auténtico, conocido por la razón y purificado por la luz de la Revelación.2
