La doctrina católica sobre la experimentación genética se fundamenta en la antropología cristiana, que concibe al ser humano como una unidad inseparable de cuerpo y alma (corpore et anima unus), según el Concilio Vaticano II.1 Esta visión rechaza cualquier reducción del hombre a mero material biológico, afirmando que su naturaleza biológica es constitutiva de su identidad personal y, por tanto, intocable en su esencia.1
Desde la Revelación, el hombre es administrador de la creación (Génesis 1,26-28), pero no co-creador en el sentido de disponer arbitrariamente de su propia naturaleza. La imagen de Dios en el ser humano implica una dignidad inalienable que prohíbe manipulaciones que pretendan redesignar su orden fundamental.2 La Iglesia advierte contra ideologías que ven en la genética una herramienta para fabricar un «superhombre», equiparándolo a un acto de hybris contra el Creador.3,2
En este contexto, el progreso científico es valorado como participación en la obra divina, siempre que respete los límites éticos. San Juan Pablo II subrayó que la ciencia debe guiarse por la sabiduría inspirada en el designio de Dios, evitando separaciones entre ciencia y moral.4

