La palabra moralista designa, en sentido amplio, a quien reflexiona sistemáticamente sobre la vida moral. En la tradición católica, el término suele referirse de modo más preciso al especialista en teología moral, es decir, a la disciplina teológica que estudia los actos humanos en cuanto conducen o apartan de la bienaventuranza sobrenatural.
La teología moral considera la acción humana desde varias perspectivas:
- La dignidad y el fin último de la persona.
- La libertad y la responsabilidad.
- La ley natural y la ley revelada.
- La conciencia.
- Las virtudes y los vicios.
- El pecado y sus consecuencias.
- La gracia y la justificación.
- La vida cristiana como seguimiento de Jesucristo.
- La caridad como forma y plenitud de la vida moral.
La moral católica no presenta al ser humano como un mero ejecutor de normas externas. La conducta moral adquiere su sentido pleno dentro de la vocación cristiana, mediante la cual Dios llama a la persona a participar de su propia vida. El cristiano responde libremente a esa llamada mediante sus actos, sostenido por la gracia.1
Por esta razón, el moralista no estudia únicamente lo permitido y lo prohibido. También examina la formación de hábitos buenos, el crecimiento en la caridad, la purificación de las pasiones y el progreso espiritual. Reducir la teología moral a la casuística -el análisis de casos particulares- la convertiría en una simple clasificación de pecados, cuando su objeto abarca la perfección de las virtudes y la unión con Dios.2
