El Movimiento de Schönstatt se presenta, en las intervenciones papales recogidas, como una familia espiritual con diversos grupos y ramas que comparten una misma inspiración. En ese marco, se subraya con frecuencia que la unidad del movimiento no es meramente organizativa, sino vital y espiritual, alimentada por un modo concreto de vivir la fe y la misión apostólica.1,2
Además, el movimiento se describe como inserto en la Iglesia y en la relación con el Sucesor de Pedro: se menciona la creación de un centro internacional en Roma como un signo que refuerza los vínculos con la Madre Iglesia y con el Obispo de Roma.2
