Antigüedad cristiana
La veneración de María comenzó a desarrollarse en las primeras comunidades cristianas a partir de los testimonios evangélicos sobre la Anunciación, la Visitación, el nacimiento de Jesús, la presencia de María junto a la cruz y su oración con los discípulos. La Iglesia antigua la contempló como la nueva Eva, la mujer obediente cuya fe contrasta con la desobediencia de la primera mujer.
Durante los primeros siglos, la reflexión sobre María estuvo estrechamente ligada a las controversias cristológicas. La afirmación de que María es Theotokos, «Madre de Dios», protegía la verdad sobre la unidad personal de Jesucristo: el Hijo nacido de María es el mismo Hijo eterno del Padre. La veneración mariana, por tanto, nació vinculada a la confesión de la fe en Cristo.
Los autores cristianos distinguieron la veneración de María de la adoración reservada a Dios. La tradición occidental, especialmente a partir de san Agustín, consolidó el uso de latría para el culto divino y dulía para la reverencia a María y a los santos.
Edad Media
La Edad Media contempló un notable crecimiento de la espiritualidad mariana. La liturgia incorporó nuevas fiestas, los himnos marianos adquirieron gran importancia y surgieron numerosas iglesias, santuarios, confraternidades y prácticas devocionales dedicadas a la Virgen.
Las órdenes religiosas contribuyeron de forma decisiva a la difusión de la piedad mariana. Cistercienses, franciscanos, dominicos, carmelitas, servitas y otras familias religiosas desarrollaron diversas formas de meditación sobre María, vinculadas a la Encarnación, la Pasión de Cristo, la maternidad espiritual, la pureza, la intercesión y la vida contemplativa.
Durante este periodo también adquirieron forma estable muchas asociaciones de fieles. Las cofradías favorecieron la oración comunitaria, la asistencia a los pobres, la celebración de fiestas y la transmisión de la fe mediante el arte, la música y las procesiones.
Época moderna
La Reforma protestante y las controversias sobre el culto a los santos provocaron una clarificación católica de la doctrina sobre las imágenes, la intercesión y la veneración de la Virgen. El catolicismo reafirmó que la veneración de las imágenes no termina en el objeto material, sino que remite a la persona representada y, en último término, a Dios, fuente de toda santidad.
En los siglos XVII y XVIII, distintas escuelas espirituales promovieron la consagración a María, la imitación de sus virtudes y la entrega filial. La espiritualidad mariana adquirió expresiones particularmente intensas en Francia, Italia, España, Hispanoamérica y otros territorios católicos.
Siglos XIX y XX
El siglo XIX impulsó numerosas congregaciones religiosas, asociaciones apostólicas y obras educativas bajo la advocación de María. La proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción en 1854, el crecimiento de los santuarios y la expansión de las peregrinaciones favorecieron una renovación mariana de alcance internacional.
En la primera mitad del siglo XX surgió una etapa de gran desarrollo de la mariología, de los congresos marianos y de las sociedades dedicadas al estudio teológico de la Virgen. También proliferaron las congregaciones religiosas y asociaciones apostólicas de inspiración mariana. La definición del dogma de la Asunción, en 1950, representó uno de los momentos culminantes de ese desarrollo.
La Legión de María constituye un ejemplo significativo de movimiento apostólico mariano de alcance internacional. Nacida como asociación de laicos, orienta la vida de sus miembros hacia la santificación personal, la oración, la evangelización y la caridad activa. Juan Pablo II describió su vocación como eminentemente eclesial y vinculada a la misión propia de los laicos en el mundo.