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Movimientos católicos

Los movimientos católicos son realidades eclesiales dinámicas que reúnen a fieles de distintos estados de vida en torno a un carisma, una espiritualidad y una misión apostólica compartidos. Han contribuido a la renovación de la Iglesia, a la evangelización y a la santificación de numerosos cristianos, pero su identidad y su relación con la jerarquía exigen un adecuado discernimiento teológico, pastoral y canónico.

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Ver información de la imagenInterior de la Sede del Movimiento Scout Católico (MSC) - Jerez de la Frontera (España), c. 2019. Original, El Pantera, CC BY-SA 4.0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreMovimientos católicos
CategoríaOrganización religiosa
DescripciónAgrupaciones eclesiales de carácter carismático orientadas a vivir el Evangelio con intensidad, promover la santificación y colaborar en la misión de la Iglesia. Realidades eclesiales dinámicas que reúnen a fieles de distintos estados de vida en torno a un carisma, una espiritualidad y una misión apostólica compartidos
TipoMovimiento eclesial

Tabla de contenido

Concepto y significado eclesial

La expresión movimiento católico no designa una categoría jurídica única ni una realidad uniforme. Comprende grupos, comunidades y asociaciones nacidos de un carisma particular y orientados a vivir el Evangelio con una intensidad específica. Habitualmente, estos movimientos reúnen a laicos, sacerdotes, miembros de institutos de vida consagrada y, en ciertos casos, obispos, seminaristas y diáconos. Su composición puede integrar personas casadas, célibes, viudas o consagradas, pertenecientes a edades y ambientes sociales diversos.1

El movimiento suele ofrecer un itinerario global de vida cristiana. No pretende limitarse a una actividad concreta, sino influir en la oración, la formación, la vida familiar, la profesión, la misión evangelizadora y la relación con la comunidad eclesial. La participación puede incluir una espiritualidad común, encuentros periódicos, acompañamiento personal, compromisos apostólicos, vida fraterna y, en ciertos casos, comunión de bienes o convivencia comunitaria.1

La autoridad doctrinal católica ha descrito estas realidades como grupos de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades. Su rasgo característico consiste en una intensa vitalidad, una propuesta integral de vida cristiana y una capacidad particular para suscitar el encuentro con Jesucristo en contextos sociales nuevos. La comunión entre sus miembros queda orientada a la misión y manifiesta la unidad de la Iglesia.2

Origen carismático

El carisma fundacional

Los movimientos nacen ordinariamente de un carisma, es decir, de un don del Espíritu Santo concedido para la edificación de la Iglesia y el servicio de su misión. Ese don suele adquirir una forma histórica mediante la experiencia espiritual de un fundador o de un grupo originario. El fundador propone una determinada lectura del Evangelio, una pedagogía espiritual y unas formas concretas de vida cristiana.

Juan Pablo II describió el movimiento como una realidad eclesial de participación predominantemente laical, fundada en un itinerario de fe y testimonio cristiano cuyo método pedagógico nace de un carisma particular recibido por el fundador.3

El carisma no equivale a una doctrina privada ni concede al fundador una autoridad independiente de la Iglesia. Su autenticidad depende de su capacidad para conducir a Cristo, permanecer en la fe católica, edificar la comunión eclesial y producir frutos de santidad y apostolado.

Carisma, institución y comunión

La vida de la Iglesia integra una dimensión jerárquica o institucional y una dimensión carismática. La primera incluye el ministerio apostólico, los sacramentos, la enseñanza oficial y la potestad de gobierno. La segunda aparece en los dones espirituales que suscitan nuevas formas de seguimiento de Cristo, evangelización, servicio y vida comunitaria.

Ambas dimensiones no deben entenderse como realidades enfrentadas. Los movimientos necesitan la estructura sacramental, doctrinal y pastoral de la Iglesia; la Iglesia, por su parte, puede recibir de los carismas nuevas energías para la evangelización y la renovación espiritual. Los movimientos eclesiales han sido interpretados como una expresión especialmente visible de la eclesiología de comunión, porque reúnen vocaciones, estados de vida, ministerios y tareas diferentes al servicio de una misma misión.4

El carisma no convierte al movimiento en una «Iglesia dentro de la Iglesia». Una realidad eclesial auténtica reconoce a la Iglesia como ámbito esencial de su existencia y acepta la comunión con el Papa, los obispos, las parroquias y las demás formas legítimas de vida cristiana.

Rasgos habituales de los movimientos católicos

Aunque cada movimiento posee una identidad propia, muchos comparten varios elementos:

  • Una espiritualidad específica, inspirada en un aspecto particular del Evangelio.
  • Un método de formación, que puede incluir catequesis, grupos de vida, retiros, dirección espiritual y estudio.
  • Una experiencia comunitaria, más intensa que la simple pertenencia ocasional a una asociación.
  • Una misión apostólica, dirigida a la evangelización, la educación cristiana, la familia, la juventud, los pobres o la transformación de la sociedad.
  • Una pedagogía vocacional, que ayuda a discernir el matrimonio, el sacerdocio, la vida consagrada y otras formas de entrega.
  • Una apertura misionera, tanto en territorios de antigua tradición cristiana como en contextos de primera evangelización.
  • Una dimensión intergeneracional, al reunir a niños, jóvenes, adultos, matrimonios, sacerdotes y consagrados.
  • Una participación frecuente de los laicos, sin excluir la presencia y responsabilidad de ministros ordenados y personas consagradas.1

Algunos movimientos promueven una vida comunitaria estable; otros funcionan mediante grupos locales, encuentros periódicos o itinerarios formativos. En unos casos, el compromiso afecta a toda la existencia; en otros, la pertenencia conserva un carácter más flexible.

Tipología de los movimientos católicos

No existe una clasificación única. Las categorías siguientes ayudan a comprender su diversidad sin convertirlas en compartimentos rígidos.

Movimientos espirituales

Los movimientos espirituales reúnen a personas de distintos estados de vida para cultivar una espiritualidad común, crecer en la oración y avanzar hacia una vida cristiana más perfecta. Su finalidad principal consiste en la santificación de los miembros, la formación de la conciencia y la irradiación apostólica de la fe. Entre sus actividades pueden figurar la oración, la adoración, los retiros, la formación doctrinal, la dirección espiritual y las obras de caridad.3

Estos movimientos no pretenden necesariamente intervenir en la vida política ni organizar una acción social directa. Su influencia social procede, ante todo, de la conversión de sus miembros y de la vivencia cristiana en la familia, el trabajo, la cultura y la vida pública.

Movimientos laicales

Los movimientos laicales están formados exclusivamente por laicos o cuentan con una participación laical ampliamente mayoritaria. Buscan formar cristianos capaces de vivir con mayor profundidad su vocación bautismal e influir evangélicamente en las realidades temporales.

Su apostolado puede dirigirse a la familia, la educación, la cultura, los medios de comunicación, la defensa de la dignidad humana, la asistencia social o la evangelización de los ambientes profesionales. La condición laical no implica una finalidad meramente secular: estos movimientos pueden promover una intensa vida sacramental, espiritual y comunitaria.

Movimientos de evangelización

Los movimientos evangelizadores concentran su actividad en anunciar a Jesucristo, iniciar o reiniciar procesos de catequesis, acompañar a personas alejadas de la Iglesia y formar discípulos misioneros. Pueden trabajar en parroquias, diócesis, centros educativos, universidades, barrios populares o territorios de misión.

Su actividad suele incluir proclamación kerigmática, catequesis, celebraciones, grupos de formación, acompañamiento familiar y envío misionero. La evangelización no queda reducida a una técnica de captación: implica presentar la totalidad de la vida cristiana y conducir a la incorporación plena a la Iglesia.

Movimientos familiares

Los movimientos familiares ayudan a los matrimonios a vivir la vocación conyugal como camino de santidad. Sus actividades pueden incluir oración en pareja, formación matrimonial, educación de los hijos, acompañamiento en las crisis y servicio a otras familias.

Algunos reúnen principalmente a matrimonios; otros integran también a sacerdotes, consagrados, viudos, jóvenes y personas solteras. Su finalidad no consiste solo en defender determinadas políticas familiares, sino en fortalecer el matrimonio cristiano y su misión evangelizadora.

Movimientos juveniles

Los movimientos juveniles ofrecen a adolescentes y jóvenes una experiencia comunitaria de fe, formación y misión. Pueden organizar actividades parroquiales, campamentos, peregrinaciones, voluntariado, encuentros vocacionales, iniciativas culturales y acciones de evangelización.

Su valor depende de que conduzcan a una madurez cristiana auténtica. La pertenencia juvenil no debe crear dependencia afectiva del grupo ni sustituir la responsabilidad personal, la familia, la parroquia o la dirección espiritual.

Comunidades de vida

Algunos movimientos incluyen comunidades de vida en las que determinados miembros comparten vivienda, bienes, oración y tareas apostólicas. La convivencia puede adoptar formas contemplativas, apostólicas o seculares, según el carisma.

Estas comunidades no equivalen automáticamente a institutos de vida consagrada. La autoridad competente debe discernir su naturaleza y, cuando proceda, su posible evolución jurídica hacia una forma reconocida de vida consagrada, asociación de fieles u otra configuración canónica.

Movimientos sociales y políticos

Finalidad temporal y compromiso cristiano

Algunos movimientos católicos orientan buena parte de su actividad hacia cuestiones sociales, culturales o políticas. Pueden promover la justicia, la paz, la defensa de la vida, la atención a los pobres, la educación, la libertad religiosa, la protección de la familia, la participación ciudadana o la dignidad del trabajo.

La doctrina cristiana permite y, en ciertos casos, exige que los fieles participen responsablemente en la vida pública. Sin embargo, la misión evangelizadora de un movimiento no puede identificarse sin más con un programa político concreto. Ningún partido posee el monopolio de la doctrina católica, y ninguna opción prudencial en materias discutibles puede presentarse automáticamente como obligación de fe.

La actividad social pertenece al ámbito propio de los laicos cuando nace de su responsabilidad cristiana en el mundo. El movimiento puede formar la conciencia, ofrecer criterios evangélicos y promover obras de servicio, pero debe respetar la legítima autonomía de las realidades temporales y la libertad responsable de sus miembros.

Diferencia respecto de los movimientos espirituales

Conviene distinguir dos orientaciones que a menudo aparecen unidas:

  1. Los movimientos de finalidad predominantemente espiritual y santificadora, centrados en la oración, la conversión, la formación y la vida sacramental.
  2. Los movimientos de finalidad predominantemente social, cultural o política, centrados en la transformación de estructuras, la acción pública o la promoción de determinados bienes temporales.

La distinción no implica una separación absoluta. Un movimiento espiritual puede producir importantes frutos sociales, y un movimiento social católico necesita una sólida vida espiritual para evitar que su actividad se reduzca a militancia ideológica. El criterio decisivo reside en la finalidad principal, el método, la estructura y el modo en que el movimiento integra su apostolado en la misión de la Iglesia.

El derecho canónico contempla asociaciones de fieles orientadas a obras de piedad, caridad, evangelización y animación cristiana del orden temporal.1

Naturaleza jurídica

La libertad de asociación de los fieles

Los fieles católicos poseen derecho a asociarse para fines conformes con la misión de la Iglesia. Un movimiento puede surgir inicialmente como una iniciativa informal de oración, formación o apostolado y adquirir después una configuración jurídica más definida.

La forma canónica no determina por sí sola la autenticidad espiritual del movimiento. Sin embargo, proporciona estabilidad, delimita responsabilidades, protege los derechos de los miembros y establece la relación con la autoridad eclesiástica.

Asociaciones públicas de fieles

Las asociaciones públicas de fieles son erigidas por la autoridad eclesiástica competente. Esta autoridad aprueba sus estatutos y les confía una misión en nombre de la Iglesia. La asociación actúa bajo la dirección de la autoridad que la erigió, también en materias relativas a su administración y a la rendición de cuentas.5

La autoridad competente puede erigir asociaciones públicas cuando sus fines corresponden a tareas que la Iglesia reserva especialmente a su propia responsabilidad, como la transmisión oficial de la doctrina cristiana, la promoción del culto público u otras finalidades eclesiales específicas. También puede erigirlas para otros fines apostólicos cuando juzgue conveniente otorgarles una misión pública.5

La condición pública comporta una relación más estrecha con la jerarquía. El movimiento no actúa solo por iniciativa privada de sus miembros, sino en virtud de una misión eclesial recibida mediante el acto de erección.

Asociaciones privadas de fieles

Las asociaciones privadas de fieles nacen por acuerdo entre los fieles y conservan una autonomía mayor en su organización, dirección y administración. Sus estatutos determinan las condiciones de admisión, pertenencia, gobierno y salida, siempre dentro del derecho de la Iglesia y respetando los derechos de las personas.6

La autonomía privada no significa independencia respecto de la Iglesia. Estas asociaciones participan en la misión eclesial y deben mantener la comunión con la autoridad competente. La autoridad ejerce vigilancia sobre su actividad apostólica y sobre el destino de sus bienes, especialmente para asegurar que todo contribuya al bien común eclesial.6

La autoridad puede intervenir cuando la actividad de una asociación cause un daño grave a la doctrina o a la disciplina de la Iglesia, o provoque escándalo entre los fieles.6

Importancia de la distinción pública-privada

La distinción entre asociación pública y asociación privada resulta esencial para comprender la relación jurídica entre un movimiento y la jerarquía. No basta con observar el grado de popularidad, el número de miembros o la presencia del movimiento en diócesis y parroquias.

Una asociación pública:

  • Recibe una misión formal de la autoridad.
  • Actúa en nombre de la Iglesia dentro de los límites de esa misión.
  • Queda sometida a una dirección y vigilancia más intensas.
  • Depende de estatutos aprobados por la autoridad competente.

Una asociación privada:

  • Nace por iniciativa de los fieles.
  • Actúa en nombre propio, no automáticamente en nombre de la Iglesia.
  • Disfruta de mayor autonomía interna.
  • Permanece sometida a la vigilancia eclesiástica y a las exigencias de la comunión.

La aprobación de una asociación privada no transforma necesariamente sus actividades en actos oficiales de la Iglesia. Del mismo modo, el reconocimiento de un movimiento no convierte todas las opiniones de sus dirigentes o miembros en doctrina católica.

Relación con la autoridad eclesiástica

El papel del obispo diocesano

El obispo diocesano tiene responsabilidad sobre la vida eclesial de su diócesis. Por ello, debe procurar que los movimientos respeten la doctrina, la disciplina sacramental, la legislación canónica y la unidad pastoral.

El movimiento, por su parte, debe integrarse en la Iglesia particular sin perder su identidad legítima. La pertenencia a una realidad internacional o supradiocesana no exime de la comunión con el obispo, la parroquia y las normas diocesanas.

La colaboración entre el movimiento y la diócesis requiere claridad sobre la catequesis, el uso de templos y locales, la preparación sacramental, la actuación de sacerdotes, la protección de menores, la gestión económica y la relación con otras comunidades.

El papel de la Santa Sede

La Santa Sede puede intervenir cuando la realidad del movimiento posee alcance internacional, presenta una configuración jurídica reservada a la autoridad suprema o requiere un discernimiento que supera el ámbito diocesano.

La aprobación pontificia de estatutos, cuando existe, confirma una determinada configuración eclesial y jurídica. No elimina la responsabilidad de los obispos en las Iglesias particulares ni convierte al movimiento en una realidad ajena a la pastoral ordinaria.

Discernimiento de los carismas

Necesidad del discernimiento

El discernimiento de los carismas constituye una tarea esencial de la autoridad eclesiástica. Un movimiento puede mostrar entusiasmo, crecimiento numérico y capacidad organizativa sin que esos elementos basten para demostrar su autenticidad eclesial.

Los movimientos no nacen normalmente por decisión administrativa. El Espíritu Santo suscita nuevas formas de vida apostólica en respuesta a las necesidades históricas de la Iglesia, mientras que la autoridad debe reconocer lo que procede verdaderamente del Espíritu y corregir aquello que resulte perjudicial.7

El discernimiento no consiste en sofocar toda novedad ni en aprobar automáticamente toda iniciativa carismática. Exige paciencia, conocimiento de los hechos, escucha de los miembros, estudio de los estatutos, observación de los frutos y valoración de la relación del movimiento con la Iglesia.

Criterios doctrinales

La autoridad debe comprobar, entre otros aspectos:

  • La fidelidad a la Sagrada Escritura y a la doctrina católica.
  • La comunión con el Papa y los obispos.
  • El respeto por la liturgia y los sacramentos.
  • La aceptación de la enseñanza moral de la Iglesia.
  • La comprensión correcta de la vocación bautismal.
  • La ausencia de doctrinas reservadas al fundador o a los dirigentes.
  • La capacidad de corregir errores y recibir orientación eclesial.

Un movimiento pierde su legitimidad cuando sustituye la fe católica por revelaciones privadas, interpretaciones exclusivas o afirmaciones incompatibles con el magisterio.

Criterios espirituales y pastorales

El discernimiento también considera los frutos concretos:

  • Crecimiento en la vida de oración.
  • Participación fiel en los sacramentos.
  • Conversiones duraderas.
  • Caridad hacia los pobres y débiles.
  • Respeto por la libertad y la dignidad de cada persona.
  • Promoción de vocaciones auténticas.
  • Integración en la Iglesia local.
  • Capacidad para colaborar con otras realidades eclesiales.
  • Apertura a la misión y al servicio.

El éxito externo no reemplaza estos criterios. Una organización eficaz puede carecer de profundidad espiritual; una comunidad pequeña puede producir frutos de santidad extraordinarios.

Riesgos que requieren vigilancia

La autoridad debe prestar atención a ciertos riesgos frecuentes:

  • Personalismo, cuando la obediencia al fundador sustituye la obediencia a Dios y a la Iglesia.
  • Elitismo, cuando los miembros consideran que poseen una superioridad espiritual.
  • Aislamiento, cuando el movimiento evita la parroquia, la diócesis o la vida ordinaria de la Iglesia.
  • Dependencia psicológica, cuando la conciencia personal queda sometida indebidamente a dirigentes.
  • Confusión de fueros, cuando los responsables controlan indebidamente la vida íntima, familiar o económica.
  • Instrumentalización política, cuando el carisma queda subordinado a una ideología.
  • Opacidad económica, cuando los bienes y aportaciones carecen de controles adecuados.
  • Abuso de autoridad, especialmente respecto de menores, personas vulnerables o miembros en formación.

El discernimiento auténtico protege tanto la libertad de los fieles como la integridad del carisma.

Los movimientos y la santificación de los fieles

La finalidad última de un movimiento católico no consiste en aumentar su número, prestigio o influencia, sino en conducir a los fieles a la santidad. La espiritualidad del movimiento debe ayudar a vivir la gracia bautismal en las circunstancias concretas de cada persona.

Para los laicos, la santificación comprende la familia, el trabajo, la vida social y el compromiso temporal. Para los sacerdotes, incluye la caridad pastoral y la comunión con el presbiterio. Para los consagrados, debe respetar la forma de vida aprobada por la Iglesia. Para todos, el centro permanece en Cristo, la Eucaristía, la conversión, la caridad y la misión.

Un movimiento resulta eclesialmente fecundo cuando su pedagogía no encierra a la persona en el grupo, sino que la capacita para amar y servir en toda la Iglesia. La experiencia comunitaria debe fortalecer la libertad cristiana, la responsabilidad y la madurez.

Movimientos, parroquias y diócesis

La parroquia y el movimiento cumplen funciones diferentes y complementarias. La parroquia constituye una comunidad estable de la Iglesia particular, vinculada al territorio y abierta a todos los fieles. El movimiento ofrece una espiritualidad, una formación o una misión específica que puede enriquecer la vida parroquial.

La colaboración exige evitar dos extremos:

  • Reducir el movimiento a una actividad parroquial más, ignorando su carisma.
  • Convertir el movimiento en una comunidad paralela que absorba la vida cristiana de sus miembros y debilite su pertenencia a la parroquia.

La integración adecuada permite que los miembros participen en la liturgia parroquial, colaboren en la catequesis, atiendan a los pobres, acompañen a las familias y aporten su experiencia apostólica sin imponerla a toda la comunidad.

Aportaciones a la vida de la Iglesia

Los movimientos católicos han ofrecido contribuciones relevantes en diversos ámbitos:

Renovación espiritual

Muchos han favorecido el redescubrimiento de la oración, la lectura de la Escritura, la adoración eucarística, la penitencia, la dirección espiritual y la llamada universal a la santidad.

Formación doctrinal

Los itinerarios de formación ayudan a los fieles a conocer la fe y a responder con mayor claridad a los desafíos culturales, morales y religiosos de cada época.

Evangelización

Los movimientos pueden alcanzar ambientes alejados de la práctica religiosa, formar evangelizadores y sostener iniciativas misioneras. Su dinamismo comunitario facilita que la fe pase de la convicción personal al testimonio público.

Promoción vocacional

La vida comunitaria y el acompañamiento espiritual favorecen el discernimiento de vocaciones al matrimonio, al sacerdocio, a la vida consagrada y a diversas formas de servicio eclesial.

Compromiso caritativo y social

Numerosos movimientos han creado obras educativas, sanitarias, asistenciales y misioneras. Otros han formado laicos capaces de trabajar por la justicia, la paz y la defensa de la dignidad humana.

Comunión entre estados de vida

La convivencia espiritual de laicos, sacerdotes, consagrados y familias manifiesta que la misión de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios, aunque cada vocación participe en ella de un modo propio.

Diferencia entre movimiento, asociación, corriente y acción

Las palabras movimiento, asociación, corriente y acción no son sinónimas.

Una asociación es una agrupación estable de fieles con una finalidad y una organización determinadas. Puede recibir una configuración pública o privada.

Una corriente espiritual expresa una sensibilidad o tendencia amplia que puede atravesar diversas instituciones y grupos. No siempre posee fundador, estatutos o estructura propia.

Una acción eclesial consiste en una iniciativa concreta, como una campaña, una petición o una actividad pastoral. Puede tener gran repercusión sin constituir un movimiento estable.

Un movimiento suele combinar un carisma reconocible, una comunidad concreta, un itinerario formativo, una experiencia global de vida cristiana y una orientación misionera. Esta distinción ayuda a evitar que cualquier iniciativa religiosa o social reciba indistintamente el nombre de movimiento.7

Valoración eclesial

La Iglesia acoge los movimientos como posibles dones del Espíritu para la renovación de la vida cristiana, pero reclama su integración en la comunión jerárquica y sacramental. La novedad carismática necesita discernimiento; la estructura institucional necesita apertura a los dones que el Espíritu suscita.

La madurez de un movimiento aparece cuando mantiene simultáneamente:

  • Fidelidad al carisma originario.
  • Obediencia a la Iglesia.
  • Respeto por la libertad personal.
  • Apertura a otras realidades eclesiales.
  • Transparencia en el gobierno y en la economía.
  • Formación doctrinal sólida.
  • Atención a las personas vulnerables.
  • Orientación hacia la santidad y la misión.

Conclusión

Los movimientos católicos constituyen una de las expresiones contemporáneas de la riqueza carismática de la Iglesia. Reúnen a fieles de diversos estados de vida, ofrecen itinerarios intensos de formación y oración, promueven la evangelización y pueden impulsar un compromiso social inspirado en el Evangelio.

Su autenticidad no depende solo de su expansión ni de su reconocimiento público. Requiere comunión con la Iglesia, fidelidad doctrinal, respeto por la autoridad legítima, frutos de santidad y servicio desinteresado. La distinción entre asociaciones públicas y privadas permite comprender su estatuto jurídico, mientras que el discernimiento de los carismas garantiza que la novedad espiritual contribuya realmente a la misión de la Iglesia y a la santificación de los fieles.

Citas y referencias

  1. Gianfranco Ghirlanda. Movimientos eclesiales e institutos de vida consagrada en la Iglesia y en la sociedad actual, 2012, n.o 1-2, págs. 7-65, 2 (2012). 2 3 4
  2. Introducción: Los grupos eclesiales multiformes, Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta Iuvenescit Ecclesia a los obispos de la Iglesia católica sobre la relación entre los dones jerárquicos y carismáticos en la vida y la misión de la Iglesia, 2 (2016).
  3. Gianfranco Ghirlanda. Movimientos eclesiales e institutos de vida consagrada en la Iglesia y en la sociedad actual, 2012, n.o 1-2, págs. 7-65, 3 (2012). 2
  4. Antonio María Sicari. Movimientos eclesiales: Un nuevo marco para los carismas antiguos, 2 (2002).
  5. Velasio De Paolis. Dimensión eclesial de los bienes temporales destinados a fines eclesiásticos, 1995, n.o 1, págs. 77-103, 15 (1995). 2
  6. María Pilar Fiol Chimelis. Christifidelium consociationes finem socio-temporalem habentes, 1992, n.o 1, págs. 99-134, 22 (1992). 2 3
  7. III. Discernimientos y criterios, cardenal Joseph Ratzinger. El lugar teológico de los movimientos eclesiales, 11 (1998). 2
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