La imagen de Dios
El punto de partida de Mulieris Dignitatem es el relato de la creación:
«Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gn 1,27).
Juan Pablo II considera esta afirmación el fundamento permanente de toda antropología cristiana. El hombre y la mujer poseen la misma humanidad y participan por igual de la imagen divina. La mujer no recibe una dignidad secundaria ni derivada del varón, sino que posee una dignidad propia por haber sido creada directamente por Dios.
La dignidad humana no depende de la fuerza, la función social, la maternidad, la capacidad profesional, la edad o el reconocimiento jurídico. Cada mujer posee un valor inviolable por ser persona, criatura racional y libre, capaz de conocer y amar a Dios. La misma afirmación vale para cada hombre.
La igualdad cristiana, por tanto, posee un fundamento ontológico: afecta al ser mismo de la persona. No consiste solamente en conceder derechos semejantes ni en permitir una participación social equivalente. Las leyes deben reconocer una dignidad anterior a ellas.
La «unidad de los dos»
El segundo relato de la creación presenta a la mujer como creada junto al hombre y colocada a su lado como una persona semejante a él. La expresión bíblica «ayuda adecuada» no significa servidumbre ni subordinación. En la Escritura, Dios mismo recibe el nombre de ayuda de su pueblo; por ello, la palabra no designa una función inferior, sino una relación de auxilio, correspondencia y colaboración.
Juan Pablo II interpreta esta relación mediante la expresión «unidad de los dos». El hombre y la mujer comparten una misma naturaleza humana, pero existen en una diferencia sexuada que los orienta a la relación. Ninguno agota por sí solo la riqueza de lo humano. Cada persona posee una identidad irrepetible, pero necesita reconocer al otro como un «yo» igualmente digno.
La persona humana refleja la imagen de Dios no sólo por su inteligencia y libertad, sino también por su capacidad de comunión. El hombre y la mujer están llamados a vivir «uno para el otro», no únicamente uno junto al otro. Esta comunión humana posee una semejanza analógica con la comunión trinitaria, aunque nunca identifica a las criaturas con Dios.