Imagen y semejanza de Dios
El texto abre recordando que todos los seres humanos, tanto hombres como mujeres, son creados a imagen y semejanza de Dios (Gén 1,27). Esta verdad constituye el punto de partida para toda reflexión sobre la dignidad femenina y su participación en la comunión divina.
La mujer como madre de Dios
Una sección central dedica especial atención a María, la Theotokos, como modelo supremo de la dignidad y la vocación femenina. Juan Pablo II señala que «la dignidad de cada ser humano y la vocación correspondiente a esa dignidad encuentran su medida definitiva en la unión con Dios» y que María encarna la plenitud de esa unión.
Vocación y participación en la Iglesia
Mulieris Dignitatem subraya que la mujer debe ser reconocida y valorada por sus dones en la catequesis, la liturgia y la administración eclesial. El Papa insiste en que la participación femenina no debe ser meramente simbólica, sino real y concreta en los consejos pastorales, sínodos y otras estructuras de decisión. Esta idea se repite en la exhortación Christifideles Laici, que afirma que «no existe discriminación en la relación del individuo con Cristo» (Gálatas 3,28) y que ambos sexos pueden recibir la gracia del Espíritu Santo.
Dignidad de la mujer en la sociedad
El documento llama a los gobiernos y a la sociedad a proteger y promover los derechos de la mujer, denunciando cualquier forma de discriminación y violencia. Se destaca la necesidad de que la mujer colabore en la construcción del bien común, tanto en la familia como en la vida pública. En la carta a los obispos de EE. UU. (1994) el Papa recuerda que «la dignidad de la mujer debe ser promovida por encima de todo en la Iglesia» y que la igualdad de dignidad es una base para la justicia social.