1.1. Un lenguaje para describir una lucha real en la historia
La enseñanza católica presenta la vida cristiana como una batalla: no porque el mal sea «más fuerte» que Dios, sino porque el plan de salvación se ve expuesto a insidias reales. En esa perspectiva, la Iglesia enseña que el Reino proclamado por Jesús implica una victoria continua sobre el mal, aunque la construcción del Reino esté siempre amenazada por el espíritu del mal.1
Esta visión se comprende mejor cuando se distinguen (sin separarlas del todo) tres planos:
Mundo: el ámbito histórico y social donde la influencia del maligno puede hacerse presente, de manera más o menos visible, especialmente cuando los hombres y las sociedades se alejan de Dios.1
Demonio: el tentador y los demonios, ángeles caídos que buscan asociar al ser humano a su rebelión contra Dios.2
Carne: el movimiento interior del apetito sensible rebelde contra la razón, que procede del desorden introducido por el pecado y que, aun resistible, inclina a pecar.3
1.2. Creación, caída y esperanza: el marco donde se entiende la triple realidad
Para la teología cristiana, estas categorías no se entienden correctamente sin el horizonte de creación y redención. Los relatos de los orígenes (especialmente en Génesis) expresan, con lenguaje solemne, la verdad sobre la creación, el drama del pecado y la esperanza de la salvación.4
Además, la Iglesia subraya que la creación no es un escenario «abandonado» por Dios: el mundo está orientado a la salvación realizada por Jesucristo. Desde la fe, la creación es el comienzo del misterio salvífico, y la historia humana conserva una vocación a la comunión con Dios que Cristo restituye «en modo misterioso y eficaz», hasta su cumplimiento.5,6
