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Nacimiento de Isaac

El nacimiento de Isaac, hijo de Abraham y Sara, constituye uno de los episodios fundamentales del libro del Génesis. La concepción de Sara en su vejez manifiesta la fidelidad de Dios a su promesa, mientras que el nombre de Isaac -«él reirá»- expresa la transformación de una espera humanamente imposible en alegría. Para la fe católica, Isaac pertenece a la historia de la salvación como hijo de la promesa, antepasado del pueblo de Israel y figura que anuncia diversos aspectos del misterio de Jesucristo, especialmente su nacimiento por iniciativa divina y su entrega sacrificial en el monte Moriah.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreNacimiento de Isaac
CategoríaPersona
DescripciónHijo de Abraham y Sara nacido en la vejez de sus padres; figura de la promesa y prefiguración de Cristo. él reirá
Referencias
  • Génesis 21:1-7
  • Génesis 22
  • Romanos 9:6-7
  • Romanos 4
  • Gálatas 4:28
Contexto BíblicoGénesis 21 (nacimiento) y Génesis 22 (prueba del sacrificio)
Doctrinas RelacionadasFidelidad de Dios a la promesa, gracia gratuíta, tipología cristológica
Personas RelacionadasAbraham, Sara, Ismael, Agar, Jacob, Jesús, San Juan Crisóstomo, Beda el Venerable
TemaCumplimiento de la promesa, fe y obediencia, tipología cristológica
TipoFigura bíblica, Patriarca

Tabla de contenido

Relato bíblico

La promesa de un hijo

Dios llamó a Abram y le prometió una descendencia numerosa, una tierra y una bendición destinada a alcanzar a todas las naciones. La promesa planteaba una dificultad evidente: Abraham y Sara habían envejecido sin tener hijos. Sara, además, era estéril, circunstancia que hacía imposible esperar descendencia desde el punto de vista de la fecundidad ordinaria.

El Génesis presenta esta situación como el marco en el que Dios revela que su palabra no depende de las posibilidades humanas. El Señor anuncia a Abraham que Sara tendrá un hijo y que la alianza continuará mediante ese descendiente. La promesa no queda vinculada a Ismael, nacido de Agar, sino al hijo que Sara dará a luz conforme al designio divino.

Dios había declarado anteriormente a Abraham:

«A Sara, tu mujer, no la llamarás Saray, sino Sara. Yo la bendeciré y también de ella te daré un hijo; la bendeciré, se convertirá en naciones, y reyes de pueblos procederán de ella» (Gn 17,15-16).

La promesa adquiere así un carácter sobrenatural. Isaac no nace simplemente como resultado de la continuidad biológica de una familia, sino como fruto de la palabra eficaz de Dios.

La incredulidad inicial de Abraham y Sara

La noticia provoca asombro tanto en Abraham como en Sara. Abraham tenía cien años cuando nació Isaac, y Sara había superado ampliamente la edad normal de la maternidad. La reacción de ambos incluye la risa, aunque con matices diferentes.

Abraham escucha la promesa y cae rostro en tierra, riéndose ante la perspectiva de que un hombre centenario pueda engendrar un hijo y de que Sara, ya anciana, pueda concebir. Más adelante, Sara también ríe interiormente al oír que tendrá un hijo. Su razonamiento resulta comprensible desde la experiencia humana: ella y su marido han llegado a una edad en la que la maternidad parece imposible.

La respuesta divina introduce una de las afirmaciones centrales del relato:

«¿Hay algo difícil para el Señor?» (Gn 18,14).

La pregunta no niega las leyes ordinarias de la naturaleza, sino que manifiesta la soberanía de Dios sobre la creación. El Dios de la alianza puede llevar a cumplimiento una promesa cuando todos los recursos humanos parecen agotados.

El nacimiento de Isaac

Cumplimiento de la promesa

El capítulo 21 del Génesis narra el nacimiento con una fórmula solemne que relaciona directamente el acontecimiento con la palabra de Dios:

«El Señor atendió a Sara como había dicho, y el Señor cumplió en Sara lo que había prometido» (Gn 21,1).

Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, precisamente en el tiempo anunciado por Dios. El relato insiste en la correspondencia entre la promesa y su cumplimiento. La historia no presenta el nacimiento como una casualidad ni como una recompensa meramente humana, sino como una intervención providente del Señor en la historia de la alianza.1

Abraham llamó Isaac al niño, conforme a la orden recibida. El nombre aparece vinculado a la risa provocada por la acción divina. Sara interpreta esa risa desde la alegría:

«Dios me ha dado de qué reír; todo el que lo oiga reirá conmigo» (Gn 21,6).

La risa que inicialmente podía expresar incredulidad se transforma en signo de gozo compartido. La intervención de Dios cambia el sentido de una situación que parecía motivo de vergüenza o tristeza. Sara, que había vivido la esterilidad como una herida, contempla ahora la fecundidad como un don.

La edad de Abraham y Sara

El Génesis afirma que Abraham tenía cien años cuando nació Isaac. La cifra no pretende ofrecer únicamente un dato cronológico; también refuerza el carácter extraordinario del acontecimiento. El nacimiento ocurre cuando la capacidad humana de engendrar parece extinguida.

La tradición cristiana ha visto en este detalle una anticipación de la lógica de la gracia. San Juan Crisóstomo, al comentar la enseñanza de san Pablo sobre Isaac, explica que el patriarca nació «por la fuerza de la promesa» y no por la capacidad de la carne. El nacimiento de Isaac ofrece, por tanto, una imagen de la acción de Dios que concede la vida allí donde la naturaleza parece incapaz de producirla.2

La interpretación cristiana no obliga a negar la realidad corporal del nacimiento. Al contrario, el relato parte de una maternidad verdadera y de un nacimiento real, pero reconoce en ellos la primacía de la iniciativa divina. Dios actúa mediante la historia concreta de una familia, sin quedar limitado por la esterilidad de Sara ni por la vejez de Abraham.

La circuncisión al octavo día

Abraham circuncidó a Isaac cuando el niño tenía ocho días, tal como Dios había mandado. La circuncisión constituía el signo corporal de la alianza establecida con Abraham y su descendencia.

El gesto posee una importancia religiosa decisiva. Isaac no recibe únicamente un nombre dentro de una familia; entra sacramentalmente, según la economía antigua, en la alianza que Dios había establecido con Abraham. Su cuerpo queda marcado con el signo de pertenencia al pueblo elegido.

La referencia al octavo día adquirirá una resonancia especial en la tradición cristiana. El octavo día puede simbolizar la novedad inaugurada por la resurrección y la vida nueva. Sin identificar sin más la circuncisión con el bautismo, la lectura cristiana descubre una correspondencia entre el signo antiguo de la alianza y el bautismo, que incorpora al creyente a la alianza nueva y definitiva en Cristo.

El destete y el banquete

El niño creció y fue destetado. Abraham organizó un gran banquete con ocasión del destete de Isaac. El banquete manifiesta que el nacimiento del hijo de la promesa no concierne sólo a los padres: afecta a toda la casa de Abraham y anuncia una alegría con dimensión comunitaria.

La celebración también confirma la posición singular de Isaac dentro de la familia. Aunque Ismael era hijo de Abraham, Isaac ocupa el lugar del heredero de la promesa. El relato posterior muestra la tensión entre ambos hijos y la expulsión de Agar y de Ismael, pero el texto bíblico afirma simultáneamente que Dios no abandona a Ismael y que también hará de él un gran pueblo.1

La elección de Isaac para transmitir la alianza no significa que Dios deje de cuidar a Ismael. La providencia divina mantiene su promesa particular sobre ambos, aunque la historia de la salvación continúe de modo específico por Isaac.

Isaac como hijo de la promesa

La diferencia entre descendencia natural y descendencia prometida

Isaac es hijo de Abraham según la carne, pero su nacimiento no puede comprenderse únicamente desde la descendencia natural. Abraham ya tenía un hijo, Ismael, cuando Dios anunció que la alianza pasaría por Isaac. La diferencia no depende de una superioridad personal demostrada por Isaac desde su nacimiento, sino del designio gratuito de Dios.

San Pablo utiliza este hecho para explicar que los hijos de la promesa ocupan un lugar propio en la economía de la salvación:

«No todos los descendientes de Israel son pueblo de Israel; ni por ser descendencia de Abraham son todos hijos, sino que “por Isaac será tu descendencia”» (Rm 9,6-7).

La filiación de Isaac simboliza la prioridad de la promesa sobre la mera capacidad humana. San Juan Crisóstomo relaciona esta verdad con la vida cristiana: así como Isaac nació por la promesa, los cristianos reciben una nueva filiación por la acción de Dios. La generación espiritual no procede simplemente de la carne, sino de la gracia divina.2

Isaac y la identidad del pueblo elegido

El nacimiento de Isaac garantiza la continuidad de la alianza abrahámica. Dios había prometido a Abraham una descendencia mediante la cual todas las familias de la tierra recibirían bendición. Isaac se convierte en el heredero inmediato de esa promesa; de él procederán Jacob, llamado Israel, y las doce tribus.

La importancia de Isaac no reside principalmente en sus hazañas. A diferencia de Abraham, Jacob o Moisés, Isaac aparece como una figura más silenciosa. Su papel consiste en recibir, conservar y transmitir la promesa. La tradición católica reconoce en esta existencia discreta una forma de fidelidad: Isaac representa al heredero que no inventa la alianza, sino que la acoge y la entrega a la generación siguiente.3

Significado teológico

Dios cumple sus promesas

El tema principal del nacimiento de Isaac es la fidelidad de Dios. El relato repite que el Señor actuó «como había dicho» y «como había prometido». La palabra divina posee eficacia histórica: Dios no se limita a anunciar un futuro posible, sino que conduce los acontecimientos hacia el cumplimiento de su designio.

La historia de Abraham y Sara muestra que la promesa puede atravesar largos periodos de espera. El retraso no equivale a abandono. La providencia divina respeta el tiempo de la historia, aunque finalmente manifiesta que el cumplimiento depende de Dios.

La fe bíblica no consiste en una confianza ingenua en los recursos humanos, sino en la adhesión a la palabra de Dios incluso cuando el cumplimiento supera las expectativas razonables. La Carta a los Hebreos presenta a Abraham como modelo de fe porque confió en la capacidad de Dios para realizar lo que había prometido. La fe de Abraham encontrará su prueba suprema en el episodio del sacrificio de Isaac.4

De la risa de Sara a la alegría mesiánica

El nombre de Isaac significa tradicionalmente «risa» o «él reirá». El sentido del nombre pasa de la sorpresa ante lo imposible a la alegría suscitada por la intervención divina.

La tradición cristiana ha relacionado esta alegría con Cristo. Isaac, «la risa nacida de la promesa», puede contemplarse como figura del Mediador cuya venida trae el gozo anunciado a todos los pueblos. Beda el Venerable vinculó el nombre de Isaac con la alegría universal asociada al nacimiento de Cristo y con la condición de los cristianos como hijos de la promesa.5

La analogía tiene un fundamento tipológico, no una identidad absoluta. Isaac no es Cristo ni su nacimiento constituye la Encarnación. Sin embargo, ambos acontecimientos muestran una vida recibida de Dios y vinculada a una promesa que supera las expectativas humanas. Isaac anuncia de modo imperfecto y preparatorio la plenitud que llegará con el nacimiento virginal de Jesús.

Prefiguración de la venida de Cristo

La lectura católica del Antiguo Testamento contempla los acontecimientos de la historia de Israel a la luz de Cristo. La tipología reconoce personas, instituciones y sucesos que anticipan realidades cumplidas en el Nuevo Testamento.

El nacimiento de Isaac prefigura la venida de Cristo en varios aspectos:

  • Ambos nacimientos están vinculados a una promesa divina. Isaac nace conforme a la palabra dada a Abraham; Jesús nace como cumplimiento de las promesas hechas a Israel.
  • La iniciativa pertenece a Dios. La maternidad de Sara supera la esperanza humana; la concepción de María acontece por obra del Espíritu Santo.
  • El hijo posee una misión salvífica dentro del plan divino. Isaac transmite la promesa abrahámica; Cristo realiza la salvación y lleva la bendición a todas las naciones.
  • El nacimiento provoca alegría. La risa de Sara anticipa, de manera limitada, el gozo mesiánico asociado al nacimiento del Salvador.
  • La filiación nace de la promesa. San Pablo utiliza a Isaac como figura de quienes reciben la filiación conforme a la promesa, realidad que alcanza su plenitud en la incorporación a Cristo.2

La prefiguración no pretende establecer una equivalencia literal entre Sara y María en todos los aspectos, ni entre Isaac y Jesús en cada detalle biográfico. La tipología funciona mediante correspondencias parciales que alcanzan su sentido pleno en Cristo.

El sacrificio de Isaac en el monte Moriah

El mandato y la prueba de Abraham

Poco después del nacimiento de Isaac, Dios puso a prueba a Abraham. Le ordenó tomar a su hijo, al que amaba, y ofrecerlo en holocausto en la tierra de Moriah. El mandato parece contradecir la promesa anterior, porque Isaac era precisamente el hijo mediante el cual debía continuar la descendencia.

Abraham obedeció y emprendió el camino con Isaac. El muchacho cargó con la leña del sacrificio, mientras su padre llevaba el fuego y el cuchillo. Durante el trayecto, Isaac preguntó dónde estaba el cordero para el holocausto. Abraham respondió:

«Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío» (Gn 22,8).

Al llegar al lugar, Abraham construyó un altar, colocó la leña y ató a Isaac. Cuando levantó la mano para matarlo, el ángel del Señor lo detuvo. Un carnero, atrapado por los cuernos en la maleza, ocupó el lugar del hijo y fue ofrecido en sacrificio.6

El relato no presenta la muerte de Isaac como el desenlace querido por Dios. La intervención divina impide el sacrificio humano y ofrece una víctima sustitutoria. El pasaje afirma así la soberanía de Dios sobre la vida y rechaza la entrega efectiva del hijo.

Paralelo entre Isaac y Cristo

La tradición católica ha contemplado en el episodio del Moriah una de las figuras más importantes de la pasión de Cristo. La correspondencia alcanza varios elementos:

Isaac en el monte MoriahJesucristo en el Calvario
Isaac es el hijo amado de Abraham.Jesús es el Hijo amado del Padre.
Isaac marcha hacia el lugar del sacrificio.Jesús camina hacia Jerusalén y hacia el Calvario.
Isaac carga con la leña del holocausto.Jesús carga con la cruz.
Isaac se entrega en obediencia y confianza.Jesús acepta libremente la pasión en obediencia al Padre.
El sacrificio de Isaac queda interrumpido.Cristo realiza definitivamente el sacrificio redentor.
Un carnero ocupa el lugar de Isaac.Cristo es la víctima verdadera que no necesita sustituto.
Abraham recibe de nuevo a su hijo vivo.La resurrección manifiesta la victoria de Cristo sobre la muerte.

La analogía alcanza su centro en la relación entre padre e hijo. Abraham no retiene a su hijo único, mientras que Cristo entrega su vida por la salvación del mundo. La Carta a los Hebreos interpreta la fe de Abraham afirmando que creyó que Dios podía incluso resucitar a Isaac de entre los muertos; por eso, en sentido figurado, lo recuperó.4

La diferencia resulta todavía más importante que la semejanza. Isaac no muere y el carnero ocupa su lugar. Cristo, en cambio, muere realmente en la cruz y resucita. El Moriah anuncia el Calvario, pero no lo sustituye. El sacrificio de Isaac constituye una figura; el sacrificio de Cristo realiza la redención.

Isaac como figura del Hijo obediente

Isaac no aparece en el relato como un niño incapaz de comprender. La tradición exegética ha contemplado en su silencio y en su aceptación una imagen de la obediencia filial. Aunque el Génesis concentra la atención en Abraham, Isaac participa en el movimiento de confianza que conduce al altar.

En Isaac aparece la figura del hijo que recibe su destino de manos del padre. En Cristo, esta obediencia alcanza una perfección única: Jesús entrega libremente su vida, no como víctima pasiva de una violencia ajena, sino como el Hijo que ama al Padre y ofrece su vida por amor a la humanidad. La escena de Moriah permite contemplar conjuntamente la paternidad de Abraham y la filiación de Isaac como anticipación imperfecta de la relación entre el Padre y el Hijo en el misterio pascual.4

«Dios proveerá»

Abraham dio al lugar el nombre de «El Señor provee». La expresión resume una convicción esencial de la fe: Dios no abandona la obra iniciada, aunque conduzca a sus siervos por caminos de prueba.

El carnero ofrecido en lugar de Isaac anticipa el lenguaje sacrificial que alcanzará su plenitud en Cristo. Jesús aparece en el Nuevo Testamento como el Cordero que quita el pecado del mundo. La víctima del Moriah era sustitutoria y provisional; Cristo es la víctima definitiva, ofrecida una vez para siempre.

La liturgia cristiana contempla este vínculo especialmente en las celebraciones de la pasión, muerte y resurrección del Señor. El relato de Abraham e Isaac ayuda a comprender que la cruz no constituye una derrota imprevista, sino el cumplimiento del designio de amor mediante el cual Dios ofrece la salvación.

El nacimiento de Isaac en la interpretación cristiana

San Pablo: los hijos de la promesa

San Pablo interpreta la historia de Isaac en relación con la identidad del pueblo de Dios. En la Carta a los Romanos, distingue entre la descendencia biológica y la descendencia que nace de la promesa. En la Carta a los Gálatas afirma:

«Vosotros, hermanos, como Isaac, sois hijos de la promesa» (Ga 4,28).

El Apóstol no reduce Isaac a un antepasado histórico. Lo presenta como una figura teológica: quienes creen en Cristo participan de la condición de hijos de la promesa. La Iglesia recibe así la bendición prometida a Abraham no por una pertenencia étnica, sino por la fe y la incorporación a Cristo.

La interpretación paulina mantiene el valor permanente de la historia de Israel y, al mismo tiempo, muestra su orientación hacia la plenitud cristiana. Isaac pertenece a la genealogía de la promesa que conduce a Jesús.

La tradición patrística

Los Padres de la Iglesia desarrollaron ampliamente la lectura tipológica de Isaac. San Juan Crisóstomo lo relacionó con la generación espiritual de los bautizados: del mismo modo que Isaac nació cuando la fecundidad natural parecía extinguida, el cristiano recibe una vida nueva por la gracia de Dios.2

Beda el Venerable vinculó el nombre de Isaac con el gozo mesiánico y con la oposición simbólica entre la descendencia de la esclava y la descendencia de la mujer libre. En su lectura, Isaac prefigura la gracia y la promesa, mientras que Ismael representa una realidad anterior que encuentra su cumplimiento y transformación en el Nuevo Testamento.5

La exégesis alegórica medieval contempló además a Isaac como figura de Cristo, a Abraham como figura del Padre y a Rebeca como figura de la Iglesia. Estas interpretaciones pertenecen al desarrollo espiritual de la tradición cristiana y no deben confundirse con el sentido literal inmediato del Génesis. Su valor reside en mostrar cómo la Iglesia leyó toda la Escritura como una historia orientada hacia Cristo.7

Dimensión litúrgica

El nacimiento de Isaac aparece en la proclamación litúrgica de la Iglesia dentro del conjunto de lecturas que presentan la historia de Abraham y la fidelidad de Dios. La selección concreta de lecturas varía según el tiempo litúrgico, el ciclo dominical, las ferias y las celebraciones particulares.

En el Leccionario Romano, Génesis 21,1-7 aparece asociado a la proclamación de la fidelidad divina y al nacimiento del hijo prometido en celebraciones feriales del tiempo ordinario. El texto litúrgico concentra la atención en la iniciativa de Dios, en el cumplimiento de la promesa y en la alegría de Sara. La lectura no debe confundirse con la proclamación de Génesis 22, que corresponde al sacrificio de Isaac y posee una orientación pascual más explícita.

La lectura católica del nacimiento de Isaac dentro de la liturgia suele articular tres temas:

  • La promesa: Dios cumple su palabra aunque la situación humana parezca desesperada.
  • La alegría: la risa de Sara se convierte en signo de la alegría que nace de la salvación.
  • La tipología cristológica: el hijo de la promesa anticipa a Cristo, en quien todas las promesas de Dios alcanzan su «sí» definitivo.

La proclamación litúrgica no presenta el episodio como una simple narración familiar. La Iglesia escucha en él la historia de la alianza y reconoce la preparación providencial de la venida del Salvador.

Enseñanzas espirituales y doctrinales

La fe durante la espera

Abraham y Sara experimentan una espera prolongada. El nacimiento de Isaac enseña que la demora no invalida la promesa divina. La fe puede atravesar periodos de silencio, incertidumbre y aparente imposibilidad sin convertirse por ello en una ilusión.

La esperanza cristiana no consiste en exigir a Dios un calendario determinado, sino en confiar en su fidelidad. La historia de Isaac invita a perseverar cuando el cumplimiento parece tardar y a distinguir entre la prudencia humana y la omnipotencia divina.

La gratuidad de la gracia

Isaac no nace como resultado del poder humano, sino por la intervención misericordiosa de Dios. Esta gratuidad anticipa la doctrina cristiana de la gracia: la salvación procede de la iniciativa divina, aunque requiera la respuesta libre de la persona.

La Iglesia no entiende la gracia como una fuerza impersonal ni como una recompensa automática. Dios llama, promete y concede; el ser humano responde mediante la fe, la obediencia y una vida conforme al don recibido.

La alegría como fruto de la salvación

El nombre de Isaac recuerda que la acción de Dios transforma el dolor en alegría. Sara no conserva la risa como gesto de incredulidad, sino que la convierte en celebración. La alegría bíblica brota de la certeza de que Dios ha visitado a su pueblo y ha cumplido su palabra.

Esta alegría encuentra su plenitud en Jesucristo. El anuncio del nacimiento del Salvador aparece en el Evangelio como una noticia de gran alegría para todo el pueblo. Isaac anticipa esa alegría, pero Cristo la realiza de modo universal y definitivo.

La confianza en la providencia

El episodio del Moriah, unido al nacimiento de Isaac, enseña que el don de Dios no debe convertirse en un ídolo. Abraham recibe a Isaac como hijo de la promesa, pero también aprende a devolverlo enteramente a Dios. La fe reconoce que todo don procede del Señor y que ningún bien creado puede ocupar su lugar.

Esta enseñanza no justifica acciones violentas ni permite atribuir a Dios mandatos contrarios a la dignidad humana. El relato culmina precisamente con la prohibición de matar a Isaac y con la provisión de una víctima animal. La tradición cristiana lee el pasaje a la luz de la revelación plena, que culmina en Cristo y excluye toda interpretación que legitime el sacrificio humano.

Valor cristológico del episodio

El nacimiento de Isaac y su posterior entrega en el Moriah forman una unidad teológica. Primero, Dios concede un hijo donde la naturaleza humana no permite esperar descendencia. Después, pone a prueba la fe de Abraham y manifiesta que la promesa no depende de la posesión humana, sino de la fidelidad divina.

Isaac anuncia a Cristo como:

  • Hijo nacido de una promesa.
  • Don recibido de Dios.
  • Fuente de alegría.
  • Heredero de una alianza.
  • Figura del hijo que camina hacia el sacrificio.
  • Signo de la vida que Dios puede preservar y devolver.

Cristo supera todas estas figuras. Su nacimiento inaugura la plenitud de los tiempos; su muerte en la cruz realiza el sacrificio redentor; su resurrección manifiesta la victoria definitiva sobre la muerte; y su Iglesia reúne a todos los pueblos en la descendencia espiritual de Abraham.

Conclusión

El nacimiento de Isaac revela la fidelidad de Dios a su promesa y la primacía de la gracia sobre las posibilidades humanas. El hijo de Abraham y Sara nace en la vejez de sus padres, recibe el signo de la alianza y lleva un nombre que transforma la risa de la incredulidad en alegría compartida. Isaac se convierte en el heredero de la promesa y en un eslabón decisivo de la historia que conduce a Israel y, finalmente, a Jesucristo.

La tradición católica contempla en Isaac una figura de Cristo: el hijo prometido, nacido por iniciativa divina, causa de alegría y orientado hacia el sacrificio. El episodio del monte Moriah anuncia el Calvario, aunque Cristo supera infinitamente la figura: Isaac es preservado y sustituido por un carnero, mientras que Jesús ofrece libremente su vida como Cordero definitivo para la salvación del mundo.

Citas y referencias

  1. La Santa Biblia, The New Revised Standard Version, Catholic Edition (NRSV-CE). La Santa Biblia, Génesis 21 (1993). 2
  2. San Juan Crisóstomo. Homilía 16 sobre Romanos (Rom. 9:1-33), 9 (391). 2 3 4
  3. Isaac. Enciclopedia Católica, Isaac (1913).
  4. José Granados. Hacia una Teología del Cuerpo Sufriente, 10 (2006). 2 3
  5. Beda el Venerable. Hexameron (The Hexameron), 78 (1862). 2
  6. La Santa Biblia, The New Revised Standard Version, Catholic Edition (NRSV-CE). La Santa Biblia, Génesis 22 (1993).
  7. Cap. VII - De hoc, quod tentavit deus Abraham, Hugo de San Víctor. Apéndice: Exegetica dubia in Scripturam sacram - Allegoriae in Novum Testamentum: Liber II (Apéndice: Obras exegéticas dudosas sobre la Sagrada Escritura - Alegorías sobre el Nuevo Testamento: Libro II), 3 (1854).
Modificado el 24 de agosto de 2026 • FideScore™ 9.47Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónark:28736/qcts3k2dz

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