La Natividad de Cristo representa el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, particularmente las del profeta Isaías, quien, siglos antes, ya hablaba del nacimiento de un niño que sería llamado «Admirable Consejero, Dios-Héroe, Padre-Eterno, Príncipe de la Paz»1,2. Este evento es el punto central de la historia, un momento esperado tanto por la humanidad en general como, de manera explícita, por el Pueblo Elegido1,3.
En el nacimiento de Jesús, un niño tierno y plenamente humano, se revela el Hijo unigénito del Padre, eternamente engendrado, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero1. Este misterio se proclama en el Credo, afirmando que «por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo: y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre»1,4. La Natividad, por tanto, es la manifestación de la gracia asombrosa que la misericordia del Señor concede a la humanidad1.
Los Padres de la Iglesia han exaltado la noche de Navidad como un día de gozo y paz, en el que el «Generoso se hizo pobre por nosotros» y la humanidad recibe un don inmerecido. En este día, el ser divino asumió el sello de la humanidad para que la humanidad fuera adornada con el sello de la divinidad5.

