La destrucción de Jerusalén y del Templo había dejado a la comunidad judía en una situación de vulnerabilidad. La ciudad conservaba su valor religioso e histórico, pero sus defensas estaban arruinadas y sus puertas habían sido quemadas. Esa devastación no constituía únicamente un problema militar: también expresaba la humillación pública de Israel y la fragilidad de su vida colectiva.
El libro comienza con Nehemías en Susa, la capital imperial. Durante el mes de Quisleu, en el año vigésimo del rey Artajerjes, recibe la visita de Jananí y de otros hombres procedentes de Judá. Ellos le informan de que los supervivientes viven en una situación de gran desgracia y que «la muralla de Jerusalén está derruida y sus puertas han sido consumidas por el fuego».1
Nehemías no interpreta la ruina como una simple calamidad política. Su primera respuesta consiste en llorar, ayunar y orar. En su plegaria confiesa los pecados de Israel, reconoce que también él y su familia han pecado, y recuerda la alianza establecida por Dios mediante Moisés. La restauración de Jerusalén aparece así vinculada a la conversión del pueblo y al cumplimiento de los mandamientos.1




