La tentación no equivale al pecado
La tentación es una incitación, atracción, presión o situación que puede conducir al mal, pero no constituye pecado mientras la voluntad no la acepte libremente. El pecado comienza con el consentimiento consciente y deliberado a una acción contraria a la ley de Dios.
La persona puede experimentar pensamientos, impulsos, emociones, deseos desordenados o presiones externas sin haber pecado por ello. La responsabilidad moral depende de la libertad y del consentimiento. Una tentación resistida puede convertirse incluso en ocasión de crecimiento en la virtud, aunque nunca conviene buscarla temerariamente.
El Compendio del Catecismo distingue entre una prueba que ayuda a crecer en el bien y una tentación que conduce al pecado y a la muerte. También distingue entre ser tentado y consentir la tentación. Jesucristo venció las tentaciones mediante la oración y permanece como modelo y fuente de la perseverancia cristiana.
Enseñanza de los Padres de la Iglesia
San Cirilo de Jerusalén compara la tentación con un torrente invernal difícil de atravesar. Algunos logran cruzarlo sin ser arrastrados; otros quedan sumergidos. Judas sucumbió a la tentación de la avaricia, mientras que Pedro, aunque cayó en la negación, recibió la gracia de superar finalmente aquella prueba mediante el arrepentimiento.
San Juan Casiano explica que «no nos dejes caer en la tentación» no significa «no permitas que seamos tentados jamás». Job, Abraham y José fueron probados, pero no quedaron sometidos a la tentación porque no dieron su consentimiento al mal. La petición pide que Dios no permita que la persona sea vencida y que le conceda una salida proporcionada a sus fuerzas.
Dionisio de Alejandría establece una diferencia semejante: quien resiste es tentado, pero no entra plenamente en la tentación; quien queda vencido por el mal cae bajo su dominio. Dios puede utilizar una prueba para formar y salvar, mientras que el tentador pretende conducir a la destrucción.
Tertuliano distingue también entre la prueba de la fe y la tentación que busca destruirla. La prueba de Abraham no pretendía inducirle al pecado, sino manifestar su fidelidad. En cambio, el demonio aparece como origen de la tentación que conduce al mal. Por eso, la petición final del Padrenuestro pide ser apartados del poder del Maligno.
Resistencia y crecimiento espiritual
La resistencia cristiana no consiste solo en fuerza de voluntad. Incluye la gracia, la oración, la vigilancia, el discernimiento, la formación de la conciencia, la práctica de las virtudes y la huida prudente de las ocasiones de pecado.
Santo Tomás de Aquino afirma que incluso una caridad pequeña puede resistir la tentación cuando la persona coopera con ella. La dificultad de la lucha no demuestra que el pecado resulte inevitable. La libertad, fortalecida por la gracia, conserva la capacidad de rechazar el consentimiento.
La prudencia cristiana no busca exponerse innecesariamente al peligro. Santo Tomás enseña que la tentación puede producir un bien indirecto cuando la persona la vence, pero que, por causa de la debilidad humana, resulta más seguro evitarla que buscarla.