Defensa de la vida humana
La vida humana posee una dignidad propia que el Estado no concede y ninguna mayoría puede suprimir. La acción política católica debe proteger la vida frente al aborto, la eutanasia y otras prácticas que niegan el valor inviolable de la persona.
La defensa de la vida reclama también políticas de apoyo a las madres, atención a las personas enfermas, acompañamiento a las familias, cuidados adecuados y protección de quienes sufren abandono o dependencia. La oposición a la eutanasia no justifica el encarnizamiento terapéutico: renunciar a tratamientos extraordinarios o desproporcionados puede resultar moralmente legítimo cuando no ofrece una esperanza razonable de beneficio.
Protección de la familia
La familia fundada en el matrimonio monógamo entre un hombre y una mujer ocupa un lugar central en la doctrina social católica. La legislación debe proteger su unidad y estabilidad, así como reconocer la responsabilidad primordial de los padres respecto de la educación de sus hijos.
La Nota sostiene que otras formas de convivencia no pueden equipararse jurídicamente al matrimonio ni recibir la misma consideración institucional. Esta afirmación forma parte de la concepción católica del matrimonio como comunidad estable de vida y amor, abierta a la generación y educación de los hijos.
Libertad religiosa
La libertad religiosa pertenece a la dignidad de la persona. El Estado no debe imponer una religión ni discriminar a los ciudadanos por sus convicciones religiosas. Tampoco puede convertir la profesión religiosa en requisito para disfrutar de derechos civiles o servicios públicos.
La defensa de la libertad religiosa no significa afirmar que todas las religiones o concepciones religiosas poseen idéntico contenido de verdad. Significa reconocer que la persona necesita libertad para buscar la verdad y actuar conforme a su conciencia dentro del orden público justo.
Educación y protección de los menores
Los padres poseen un derecho inalienable a educar a sus hijos. La actividad política debe proteger esa responsabilidad y evitar que los menores queden expuestos a formas de explotación, abuso o manipulación.
La Nota incluye dentro de esta protección la lucha contra formas contemporáneas de esclavitud, entre ellas la drogadicción y la prostitución. La dignidad del menor reclama medidas jurídicas, educativas y sociales que impidan toda utilización de la persona como objeto de consumo o instrumento de lucro.
Justicia económica y solidaridad
La economía debe estar al servicio de la persona y del bien común. La actividad política debe promover la justicia social, la solidaridad y la subsidiariedad. El principio de subsidiariedad exige respetar los derechos y responsabilidades de las personas, las familias y las organizaciones, sin concentrar innecesariamente todas las decisiones en instancias superiores.
La solidaridad impulsa la atención preferente a quienes sufren pobreza, exclusión o vulnerabilidad. La subsidiariedad, por su parte, evita tanto el individualismo que abandona a los débiles como el colectivismo que absorbe la iniciativa de las personas y de los cuerpos sociales.
Paz, justicia y rechazo de la violencia
La paz no equivale simplemente a la ausencia de guerra o de conflicto visible. La tradición católica la entiende como fruto de la justicia y efecto de la caridad. La acción política debe afrontar las causas de la violencia, proteger a las víctimas y buscar soluciones proporcionadas y prudentes.
La Nota reclama un rechazo absoluto y radical de la violencia y del terrorismo. También advierte contra los juicios políticos simplistas que ignoran la complejidad de los conflictos. La defensa de la paz exige responsabilidad constante y vigilancia por parte de los gobernantes y de todos los ciudadanos.