La expresión nova et vetera proviene directamente del Evangelio según san Mateo, en el pasaje que cierra la parábola del sembrador y las explicaciones sobre el Reino de los Cielos:
«Por eso todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas» (Mt 13,52).1
En su contexto, Jesús describe al discípulo perfecto, formado en la Ley y los Profetas (lo veterum, lo antiguo), pero capaz de integrar las novedades del Evangelio (lo novorum). Este escriba no rechaza la tradición judía, sino que la ilumina con la revelación cristiana, manifestando la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Como enseña Dei Verbum (16), Dios dispuso que «el Nuevo Testamento estuviera oculto en el Antiguo y el Antiguo se manifestara en el Nuevo», un principio que resuena en esta imagen del tesoro familiar.1
Esta metáfora subraya la unidad orgánica de la Revelación, donde lo nuevo no suprime lo viejo, sino que lo perfecciona, prefigurando la misión de la Iglesia como guardiana fiel del depósito recibido.

