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Novena cruzada

La Novena cruzada fue una expedición militar cristiana desarrollada principalmente entre 1271 y 1272 en Tierra Santa, dirigida por el príncipe Eduardo de Inglaterra -futuro rey Eduardo I- contra el sultanato mameluco. La campaña intentó aliviar la presión ejercida por el sultán Baybars sobre los últimos territorios latinos de Siria y Palestina, pero concluyó con una tregua sin recuperar Jerusalén ni modificar de manera duradera el equilibrio político de la región. La historiografía suele considerarla la última gran expedición de la época clásica de las cruzadas, aunque algunos autores la presentan como la continuación de la Octava cruzada de san Luis IX, iniciada en Túnez en 1270.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreNovena cruzada
CategoríaEvento
DescripciónCrisis de los Estados latinos en Oriente, expansión mameluca bajo Baybars y escasa unidad entre los príncipes europeos.
ConsecuenciasTregua sin recuperación de Jerusalén, debilitamiento de los Estados latinos y caída de Acre en 1291, poniendo fin al dominio latino continental.
Duración2 años
Fecha de Fin1272
Fecha de Inicio1271
Importancia HistóricaConsiderada la última gran expedición de la época clásica de las cruzadas y el último intento significativo de un príncipe occidental en Tierra Santa.
OrganizadorGregorio X
Personas RelacionadasEduardo de Inglaterra, Baybars, Hugo III de Lusignan, Carlos de Anjou, Gregorio X, San Luis IX
TipoSuceso histórico, Oriente Medio, Cruzada
UbicaciónTierra Santa

Tabla de contenido

Denominación y lugar en la historia de las cruzadas

La numeración de las cruzadas no resulta completamente uniforme. La expedición de san Luis IX a Túnez, emprendida en 1270, recibe habitualmente el nombre de Octava cruzada. La campaña de Eduardo de Inglaterra en Tierra Santa, iniciada en 1271, aparece en muchas obras como Novena cruzada. Otros historiadores consideran ambas operaciones como fases de una misma empresa, porque Eduardo tomó la cruz en el marco de la expedición de san Luis y continuó su voto después de la muerte del monarca francés.

La distinción cronológica más extendida presenta este esquema:

  • Octava cruzada: expedición de san Luis IX contra Túnez en 1270.
  • Novena cruzada: campaña del príncipe Eduardo en Tierra Santa durante 1271 y 1272.

El príncipe inglés había participado en la expedición de Túnez, pero la enfermedad y la muerte de san Luis interrumpieron la empresa. Después de la retirada de la mayor parte del ejército, Eduardo decidió continuar hacia Acre para cumplir su voto cruzado. La tradición historiográfica que denomina Novena cruzada a su campaña toma como punto de partida esa llegada a Tierra Santa.1

Contexto histórico

La situación de los Estados latinos

Durante la segunda mitad del siglo XIII, los Estados latinos de Oriente atravesaban una crisis militar y política profunda. El Reino de Jerusalén había perdido la mayor parte de sus territorios interiores y dependía de un reducido conjunto de ciudades costeras, fortalezas y alianzas cambiantes. Acre constituía el principal centro político, comercial y militar de los cristianos latinos en Oriente.

La fragmentación interna debilitaba la defensa. Las rivalidades entre las repúblicas marítimas italianas perjudicaban la seguridad de los puertos, mientras que las disputas entre los templarios y los hospitalarios agravaban la desunión de las fuerzas cristianas. En Acre llegaron a producirse enfrentamientos entre venecianos y genoveses, y entre las órdenes militares. En 1258, la destrucción de la flota genovesa por los venecianos ante Acre provocó una guerra interna que causó numerosas víctimas.2

El reino también padecía conflictos dinásticos. La muerte de Hugo II de Lusignan, rey de Chipre y vinculado a la corona de Jerusalén, abrió una disputa sucesoria entre Hugo III y María de Antioquía. Los barones reconocieron finalmente a Hugo III, pero la autoridad de la monarquía siguió siendo limitada y el rey tuvo que retirarse a Chipre, dejando un regente en Tierra Santa.2

La ofensiva mameluca

El principal adversario de los cruzados era el sultanato mameluco de Egipto y Siria. Los mamelucos habían desplazado a la dinastía ayubí fundada por los sucesores de Saladino y habían consolidado su poder tras derrotar a los mongoles en Siria en 1260. Su sultán Baybars, conocido en las fuentes latinas por el sobrenombre de el Ballestero, inició una ofensiva sistemática contra las posiciones cristianas.

Baybars destruyó o conquistó varios enclaves de importancia:

  • Nazaret y su iglesia fueron atacadas en 1263.
  • Cesarea y Jaffa cayeron en 1265.
  • Antioquía fue conquistada en mayo de 1268.
  • Las ciudades costeras cristianas quedaron progresivamente aisladas entre sí.

La caída de Antioquía tuvo una enorme repercusión en Europa. La pérdida de una de las principales capitales cristianas del Levante mostró que los Estados latinos carecían de medios suficientes para resistir por sí solos al poder mameluco.1

El fracaso de las iniciativas occidentales

Los pontífices y algunos príncipes occidentales promovieron nuevos proyectos de ayuda, pero las divisiones políticas impidieron reunir una fuerza suficientemente grande. Muchos gobernantes europeos contemplaban la cruzada no sólo como una empresa religiosa, sino también como un instrumento político condicionado por sus propios intereses.

Carlos de Anjou, hermano de san Luis y rey de Sicilia y Nápoles, utilizó las cuestiones orientales dentro de su política mediterránea. Sus proyectos incluían la intervención contra el Imperio bizantino y la recuperación de Constantinopla para los intereses latinos. Estas ambiciones complicaron la organización de una expedición común a Tierra Santa. La curia romana intentó contener esos planes y promover una cooperación más amplia entre los príncipes cristianos.3

El papa Gregorio X, elegido en 1271, mostró una disposición favorable a la cruzada. En el II Concilio de Lyon, celebrado en 1274, buscó además la unión entre la Iglesia latina y la Iglesia griega, con la esperanza de reducir el conflicto entre cristianos y reunir recursos para la defensa de Oriente. Miguel VIII Paleólogo prometió colaborar con la cruzada, aunque la unión no logró una aceptación efectiva entre el clero griego.1

La Octava cruzada y la muerte de san Luis IX

La expedición a Túnez

San Luis IX de Francia había tomado la cruz en París en 1267 junto con sus hijos. El monarca conservaba una intensa preocupación por la situación de los cristianos de Oriente y había participado anteriormente en la Séptima cruzada. Después de recibir informes sobre el mundo musulmán del norte de África, decidió dirigir la nueva expedición contra Túnez, cuyo soberano esperaba convertir al cristianismo.

El ejército francés desembarcó en Cartago el 17 de julio de 1270. Sin embargo, una epidemia de peste se extendió por el campamento. San Luis murió el 25 de agosto de 1270, durante la campaña. La expedición perdió entonces su principal dirigente y Carlos de Anjou negoció un tratado con los musulmanes, tras lo cual la mayor parte de los cruzados volvió a embarcarse.1

La campaña tunecina no alcanzó sus objetivos militares ni condujo a la conversión del soberano local. La propia tradición histórica vinculada a san Luis la considera una expedición fracasada, aunque la piedad del rey y su intención de cumplir un voto cruzado marcaron profundamente la memoria cristiana medieval.4

La decisión del príncipe Eduardo

Eduardo, hijo del rey Enrique III de Inglaterra, había acompañado la expedición. Tras la muerte de san Luis y la retirada del ejército principal, decidió proseguir hacia Acre. Su propósito consistía en prestar ayuda a los cristianos de Tierra Santa y mantener el compromiso asumido al tomar la cruz.

La decisión de Eduardo dio origen a la expedición que la historiografía denomina Novena cruzada. Su contingente era mucho más reducido que el ejército reunido por san Luis y no podía emprender una conquista de gran escala. La campaña tuvo, por tanto, un carácter limitado: buscaba reforzar la defensa de Acre, hostigar a las fuerzas mamelucas y obtener condiciones favorables para los Estados latinos.1

Protagonistas

Eduardo de Inglaterra

Eduardo fue el principal dirigente cristiano de la Novena cruzada. Como príncipe heredero inglés, reunía prestigio dinástico y experiencia militar, pero carecía de los recursos necesarios para organizar una ofensiva capaz de reconquistar Jerusalén.

Su presencia en Tierra Santa tuvo también un valor simbólico. Después de la muerte de san Luis, Eduardo representó la continuidad del ideal cruzado en un momento en que la mayoría de los príncipes europeos mostraba escaso interés por una expedición larga y costosa. La historiografía posterior lo presenta como el último gran príncipe occidental que acudió personalmente a combatir en los Estados latinos antes de la desaparición del reino de Acre.1

Baybars

Baybars fue el sultán mameluco que dirigió la expansión musulmana contra los restos de los Estados latinos. Su política combinaba operaciones militares, ataques contra fortalezas, presión sobre las ciudades costeras y aprovechamiento de las divisiones internas de sus adversarios.

La conquista de Antioquía en 1268 había demostrado la eficacia de su estrategia. Para Baybars, la llegada de Eduardo no representaba una amenaza comparable a las grandes expediciones de los siglos anteriores, pero sí exigía una respuesta que impidiera la consolidación de una nueva base militar occidental.1

Hugo III de Lusignan

Hugo III, rey de Chipre y vinculado a la corona de Jerusalén, encarnaba la relación entre Chipre y los territorios continentales. La isla había adquirido una importancia decisiva como base de apoyo para las campañas orientales. La llegada de colonos, caballeros y soldados francos había convertido Chipre en un centro político y militar de la presencia latina en el Mediterráneo oriental.1

No obstante, Hugo III tuvo que afrontar la debilidad institucional del reino, la indisciplina de los barones y las disputas sucesorias. La monarquía no podía movilizar de manera eficaz todos los recursos necesarios para una guerra prolongada contra los mamelucos.

Carlos de Anjou

Carlos de Anjou desempeñó un papel indirecto, pero relevante, en el contexto de la cruzada. Su poder en Sicilia y Nápoles le permitía intervenir en el Mediterráneo oriental. María de Antioquía le vendió sus derechos sobre la corona de Jerusalén en 1277, y Carlos envió una guarnición dirigida por Roger de San Severino para ocupar Acre.

La política de Carlos no coincidía siempre con la prioridad de defender Tierra Santa. Sus proyectos contra Constantinopla y sus rivalidades con el Imperio bizantino absorbían recursos y dividían a los príncipes cristianos. La revuelta de las Vísperas Sicilianas, iniciada en 1282, arruinó sus planes orientales.1

Gregorio X

El papa Gregorio X favoreció la organización de una nueva cruzada y trató de coordinar a los poderes cristianos. Su política combinaba tres objetivos:

  • Reforzar la defensa de los Estados latinos.
  • Contener los conflictos entre los príncipes cristianos.
  • Promover la unión entre las Iglesias de Roma y Constantinopla.

El papa consiguió que en el Concilio de Lyon de 1274 se proclamara solemnemente la unión eclesial, aunque la decisión encontró una fuerte resistencia en el Oriente cristiano. También intervino en las relaciones entre Carlos de Anjou y Miguel VIII Paleólogo, logrando una tregua en 1275. La muerte de Gregorio X debilitó estos proyectos y permitió que las rivalidades políticas reaparecieran.1

Desarrollo de la campaña

Llegada a Acre

Eduardo llegó a Acre en 1271 con una fuerza reducida. La ciudad constituía el principal bastión cristiano de Palestina y el centro desde el que podían organizarse incursiones contra las posiciones mamelucas.

La situación militar no favorecía una ofensiva de conquista. Baybars controlaba Egipto y Siria, disponía de un ejército experimentado y había demostrado su capacidad para destruir fortalezas y aislar ciudades cristianas. Eduardo tuvo que actuar mediante operaciones limitadas, destinadas a causar daños, obtener suministros y obligar al sultán a dispersar sus fuerzas.

Operaciones militares

La campaña incluyó incursiones contra territorios bajo control mameluco. Las fuerzas de Eduardo realizaron ataques rápidos contra posiciones musulmanas, pero no lograron recuperar ciudades de importancia ni establecer una línea defensiva nueva. La estrategia respondía a las posibilidades reales del contingente cruzado: una fuerza pequeña podía hostigar al adversario, pero no conquistar y mantener grandes territorios.

Las fuentes medievales y la historiografía posterior presentan estas operaciones como acciones de alcance limitado. La campaña no produjo una victoria decisiva comparable a la conquista de Acre durante la Tercera cruzada ni consiguió restaurar la presencia cristiana en el interior de Palestina.1

La tregua con Baybars

Después de varias incursiones, Eduardo acordó una tregua con Baybars. El pacto permitió una interrupción temporal de las hostilidades y ofreció un respiro a los cristianos de Acre, pero no alteró la situación fundamental del reino.

La tregua no significó la recuperación de Jerusalén, ni la derrota del sultanato mameluco, ni la creación de una coalición occidental permanente. El sultán conservó la iniciativa estratégica y los Estados latinos continuaron dependiendo de refuerzos ocasionales procedentes de Europa y de la protección marítima de Chipre.1

Desenlace

Eduardo abandonó Tierra Santa en 1272. La campaña había cumplido parcialmente el objetivo inmediato de prestar ayuda a Acre y contener durante un tiempo la ofensiva mameluca, pero fracasó en sus metas más ambiciosas. Jerusalén continuó bajo dominio musulmán y el Reino de Jerusalén siguió reducido a unas pocas plazas costeras.

La Novena cruzada no fundó un nuevo Estado, no recuperó territorios extensos y no impidió la posterior conquista mameluca. Su desenlace confirmó la debilidad militar de los Estados latinos y la falta de voluntad política de las monarquías europeas para organizar una expedición de gran envergadura.

La caída definitiva de Acre llegó en 1291. El sultán al-Malik al-Ashraf inició el asedio el 5 de abril y conquistó la ciudad el 28 de mayo, pese a la resistencia de sus defensores. Con la pérdida de Acre desapareció el principal centro del dominio latino en Tierra Santa y terminó la presencia política estable de los cruzados en el Levante.2

Consecuencias históricas

Fin de los Estados latinos continentales

La Novena cruzada no detuvo el proceso que culminaría con la desaparición del Reino de Jerusalén. Tras la tregua, los mamelucos continuaron presionando a las ciudades cristianas. La caída de Acre en 1291 puso fin al reino como entidad política, aunque algunos territorios insulares y enclaves mediterráneos conservaron instituciones y poblaciones latinas.

Chipre permaneció como la principal base cristiana de apoyo en la región. La isla acogió a miembros de la nobleza, órdenes militares, comerciantes y refugiados procedentes de los territorios continentales. Su posición permitía mantener vínculos con Siria y Palestina, pero no ofrecía por sí sola una capacidad suficiente para reconquistar Jerusalén.1

Pérdida de Jerusalén y persistencia del ideal cruzado

La ciudad santa no volvió a quedar bajo dominio cristiano. El ideal de una nueva expedición sobrevivió durante siglos, y diversos pontífices y monarcas elaboraron proyectos para recuperar Jerusalén. Sin embargo, las iniciativas posteriores carecieron de la fuerza y la unidad necesarias para restaurar el dominio latino en Tierra Santa.5

La caída de Acre marcó, por tanto, el final de una etapa histórica. El movimiento cruzado no desapareció inmediatamente, pero cambió de naturaleza. Las expediciones posteriores adoptaron objetivos diversos, relacionados con la defensa del Mediterráneo oriental, la lucha contra el avance turco o los intereses dinásticos de las casas reinantes.

Las órdenes militares

Las órdenes militares continuaron desempeñando funciones de defensa, asistencia y administración, pero sus divisiones internas habían debilitado la resistencia cristiana. Las rivalidades entre templarios y hospitalarios, junto con las disputas entre las comunidades mercantiles italianas, impidieron una colaboración estable.

La experiencia de la Novena cruzada mostró que la presencia militar cristiana en Oriente necesitaba una autoridad común, recursos permanentes y coordinación naval. La falta de estos elementos permitió que Baybars y sus sucesores atacaran progresivamente las fortalezas y puertos restantes.

Relaciones entre Roma y Constantinopla

La política pontificia vinculó la defensa de Tierra Santa con la unión de las Iglesias. Gregorio X consideraba que la cooperación entre los cristianos latinos y griegos podía favorecer la organización de una nueva expedición. La unión proclamada en Lyon en 1274, sin embargo, no obtuvo una aceptación duradera entre los griegos.

Las tensiones aumentaron después de la muerte de Gregorio X. La política de Carlos de Anjou contra Constantinopla, la resistencia del clero griego y las rivalidades entre las potencias mediterráneas volvieron a fragmentar el frente cristiano. La curia romana había intentado evitar que la cuestión bizantina desviara los recursos destinados a Tierra Santa, pero no consiguió imponer una estrategia común.1

Valoración histórica

La Novena cruzada representa el agotamiento del modelo clásico de expedición occidental a Tierra Santa. Eduardo consiguió reunir una fuerza suficiente para realizar incursiones y negociar una tregua, pero no para recuperar Jerusalén ni derrotar al sultanato mameluco.

La campaña también refleja la transformación del ideal cruzado. En la época de las primeras expediciones, la conquista de Jerusalén podía movilizar grandes contingentes europeos. En el siglo XIII, las monarquías se mostraban más preocupadas por sus conflictos internos, sus intereses dinásticos y sus rivalidades mediterráneas. El proyecto religioso continuaba existiendo, pero la cooperación política necesaria para llevarlo a cabo había disminuido.

La interpretación católica de este periodo debe distinguir entre la finalidad religiosa atribuida a la cruzada, la conducta concreta de los gobernantes y los resultados históricos de las campañas. La tradición católica ha reconocido la piedad y el compromiso de figuras como san Luis IX, pero la defensa de los cristianos orientales quedó a menudo condicionada por luchas de poder, rivalidades comerciales y ambiciones territoriales. La propia historia de las cruzadas muestra que la violencia, la desunión y la instrumentalización política podían frustrar los fines religiosos proclamados.3

Diferencia entre la Novena cruzada y una novena devocional

La expresión Novena cruzada designa exclusivamente una expedición militar medieval. No debe confundirse con una novena, entendida en la práctica católica contemporánea como un conjunto de oraciones o actos de piedad realizados durante nueve días, o durante otro periodo determinado por una tradición litúrgica o devocional.

La coincidencia parcial de las palabras no implica relación histórica entre ambos conceptos:

  • La Novena cruzada fue una campaña político-militar desarrollada en Oriente durante 1271 y 1272.
  • Una novena devocional pertenece al ámbito de la oración, la preparación espiritual y la petición de una gracia.
  • La cruzada medieval estuvo vinculada a la defensa y recuperación de territorios cristianos.
  • La novena contemporánea no constituye una expedición militar ni una institución histórica equivalente.

La precisión terminológica evita aplicar a las prácticas devocionales actuales categorías propias de la guerra medieval.

Legado

La Novena cruzada quedó en la memoria histórica como la última intervención militar relevante de un príncipe occidental en Tierra Santa antes de la caída de Acre. Su importancia no reside en sus conquistas, que fueron escasas, sino en el momento que representa: el último intento de sostener los Estados latinos mediante una expedición organizada desde Europa.

La campaña de Eduardo mostró que los cristianos de Oriente todavía podían recibir ayuda occidental, pero también evidenció que esa ayuda llegaba tarde, con fuerzas insuficientes y sin una estrategia política común. Dos décadas después, la caída de Acre puso fin al Reino de Jerusalén y cerró el ciclo de las principales cruzadas medievales en Tierra Santa.2

La Novena cruzada fue, en definitiva, una operación defensiva y limitada que prolongó temporalmente la resistencia cristiana, pero no pudo revertir la expansión mameluca. Su fracaso anticipó la desaparición definitiva de los Estados latinos continentales y el traslado del centro de gravedad cristiano hacia Chipre y otros enclaves del Mediterráneo.

Citas y referencias

  1. Cruzadas. Catholic Encyclopedia, Cruzadas (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14
  2. Reino latino de Jerusalén (1099-1291). Catholic Encyclopedia, Reino latino de Jerusalén (1099-1291) (1913). 2 3 4
  3. Iglesia griega. Catholic Encyclopedia, Iglesia griega (1913). 2
  4. Túnez. Catholic Encyclopedia, Túnez (1913).
  5. Jerusalén (después de 1291). Catholic Encyclopedia, Jerusalén (después de 1291) (1913).
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