Eduardo de Inglaterra
Eduardo fue el principal dirigente cristiano de la Novena cruzada. Como príncipe heredero inglés, reunía prestigio dinástico y experiencia militar, pero carecía de los recursos necesarios para organizar una ofensiva capaz de reconquistar Jerusalén.
Su presencia en Tierra Santa tuvo también un valor simbólico. Después de la muerte de san Luis, Eduardo representó la continuidad del ideal cruzado en un momento en que la mayoría de los príncipes europeos mostraba escaso interés por una expedición larga y costosa. La historiografía posterior lo presenta como el último gran príncipe occidental que acudió personalmente a combatir en los Estados latinos antes de la desaparición del reino de Acre.
Baybars
Baybars fue el sultán mameluco que dirigió la expansión musulmana contra los restos de los Estados latinos. Su política combinaba operaciones militares, ataques contra fortalezas, presión sobre las ciudades costeras y aprovechamiento de las divisiones internas de sus adversarios.
La conquista de Antioquía en 1268 había demostrado la eficacia de su estrategia. Para Baybars, la llegada de Eduardo no representaba una amenaza comparable a las grandes expediciones de los siglos anteriores, pero sí exigía una respuesta que impidiera la consolidación de una nueva base militar occidental.
Hugo III de Lusignan
Hugo III, rey de Chipre y vinculado a la corona de Jerusalén, encarnaba la relación entre Chipre y los territorios continentales. La isla había adquirido una importancia decisiva como base de apoyo para las campañas orientales. La llegada de colonos, caballeros y soldados francos había convertido Chipre en un centro político y militar de la presencia latina en el Mediterráneo oriental.
No obstante, Hugo III tuvo que afrontar la debilidad institucional del reino, la indisciplina de los barones y las disputas sucesorias. La monarquía no podía movilizar de manera eficaz todos los recursos necesarios para una guerra prolongada contra los mamelucos.
Carlos de Anjou
Carlos de Anjou desempeñó un papel indirecto, pero relevante, en el contexto de la cruzada. Su poder en Sicilia y Nápoles le permitía intervenir en el Mediterráneo oriental. María de Antioquía le vendió sus derechos sobre la corona de Jerusalén en 1277, y Carlos envió una guarnición dirigida por Roger de San Severino para ocupar Acre.
La política de Carlos no coincidía siempre con la prioridad de defender Tierra Santa. Sus proyectos contra Constantinopla y sus rivalidades con el Imperio bizantino absorbían recursos y dividían a los príncipes cristianos. La revuelta de las Vísperas Sicilianas, iniciada en 1282, arruinó sus planes orientales.
Gregorio X
El papa Gregorio X favoreció la organización de una nueva cruzada y trató de coordinar a los poderes cristianos. Su política combinaba tres objetivos:
- Reforzar la defensa de los Estados latinos.
- Contener los conflictos entre los príncipes cristianos.
- Promover la unión entre las Iglesias de Roma y Constantinopla.
El papa consiguió que en el Concilio de Lyon de 1274 se proclamara solemnemente la unión eclesial, aunque la decisión encontró una fuerte resistencia en el Oriente cristiano. También intervino en las relaciones entre Carlos de Anjou y Miguel VIII Paleólogo, logrando una tregua en 1275. La muerte de Gregorio X debilitó estos proyectos y permitió que las rivalidades políticas reaparecieran.