Un aspecto fundamental del noviazgo cristiano es la vivencia de la castidad en continencia,. La castidad es una virtud esencial para el amor en todas sus formas, que implica la integración exitosa de la sexualidad dentro de la persona, logrando el autodominio y la verdadera libertad en el ámbito sexual. En el contexto del noviazgo, esto significa abstenerse de expresiones de afecto que pertenecen exclusivamente al amor conyugal dentro del matrimonio.
La Iglesia proclama la castidad como una «aliada del amor», no como su negación. Esta virtud enseña a las parejas a respetar la individualidad y la dignidad del otro, sin subordinarlo a los propios deseos. Permite que la relación madure de manera gradual y profunda, evitando que la dimensión sexual-genital se convierta en el elemento principal o exclusivo de la unión, lo que podría oscurecer otros aspectos vitales de la relación.
La castidad en el noviazgo ayuda a prevenir que la relación se centre en el uso físico de la otra persona, promoviendo en su lugar un diálogo más profundo y una apertura total del corazón. De esta manera, se facilita el crecimiento en la relación, la comunión personal y el descubrimiento de la riqueza y las limitaciones del otro. La experiencia de la castidad en esta etapa prepara a los novios para el auténtico don de sí mismos que se vivirá durante toda la vida matrimonial, enseñándoles a ser fieles a la verdad de su amor.
El Papa Francisco ha señalado que el amor es casto, y aunque esta virtud puede ser difícil, es el camino del amor genuino, un amor capaz de dar vida que no busca usar al otro para el propio placer. La castidad se opone a la lujuria, que es un deseo desordenado de placer sexual separado del verdadero significado de la sexualidad y el amor conyugal. En cambio, la castidad afirma a la persona en su totalidad, cuerpo y alma, por encima de sus cualidades sexuales, ayudando a reconocer la bondad y el profundo significado de la sexualidad humana ordenada al amor del hombre y la mujer en el matrimonio.