Participación litúrgica
La reforma quiso favorecer una participación consciente, activa y fructuosa. Esta participación no equivale a desempeñar necesariamente una función visible ni a multiplicar intervenciones humanas. Consiste ante todo en unirse interiormente a Cristo, escuchar la Palabra, ofrecer el sacrificio con Él y recibir dignamente la Sagrada Comunión.
El sacerdote actúa en la persona de Cristo y preside la celebración como ministro ordenado. La asamblea participa como pueblo sacerdotal, según el orden propio de la liturgia. La Misa es, por tanto, una acción conjunta de Cristo y de su pueblo, estructurada jerárquicamente.,
Lengua latina y lenguas vernáculas
El Novus Ordo conserva el latín como lengua litúrgica propia de la Iglesia romana, pero permite un empleo mucho más amplio de las lenguas vernáculas. La utilización de la lengua del pueblo pretende facilitar la comprensión de las lecturas, las oraciones y las respuestas, sin convertir la inteligibilidad lingüística en el contenido principal de la participación.
La lengua, por sí sola, no determina la dignidad de una celebración. La reverencia, la fidelidad a los libros litúrgicos, la orientación cristológica y la unión con el sacrificio de Cristo pertenecen a dimensiones más profundas que la elección lingüística.
Liturgia de la Palabra
La Misa renovada articula la celebración en dos grandes partes: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística. Ambas forman una única acción de culto.
La Liturgia de la Palabra comprende normalmente las lecturas bíblicas, el salmo responsorial, el aleluya o la aclamación antes del Evangelio, la proclamación del Evangelio, la homilía, el Credo y la oración universal. El leccionario ofrece una selección más amplia de textos bíblicos distribuida según los ciclos litúrgicos.
La homilía explica la Palabra de Dios y la relaciona con el misterio celebrado y con la vida cristiana. No constituye una conferencia autónoma ni puede desplazar el centro sacramental de la Misa.
Liturgia eucarística
La Liturgia eucarística comienza con la preparación de los dones y culmina en la Plegaria eucarística y la comunión. La Plegaria eucarística contiene la acción de gracias, la epíclesis, el relato de la institución, la anámnesis, la oblación, las intercesiones y la doxología final, según la estructura de cada plegaria.
El sacerdote pronuncia la Plegaria eucarística en nombre de toda la Iglesia. En ella la Iglesia da gracias al Padre, invoca al Espíritu Santo, proclama el memorial de la muerte y resurrección de Cristo y ofrece sacramentalmente el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Variedad de plegarias eucarísticas
El Misal reformado ofrece varias plegarias eucarísticas. La diversidad no implica diversidad de fe, porque todas expresan la misma doctrina sobre la presencia real de Cristo, el sacrificio eucarístico, la acción del Espíritu Santo y la unidad de la Iglesia.
La Plegaria eucarística romana tradicional conserva un lugar propio entre las opciones del Misal. Otras plegarias desarrollan con mayor amplitud determinados aspectos bíblicos, patrísticos y teológicos de la Eucaristía.
Comunión bajo las dos especies
La reforma amplió, dentro de las normas establecidas, las ocasiones en que los fieles pueden recibir la Comunión bajo las especies de pan y vino. Esta práctica no modifica la doctrina católica de la presencia total de Cristo en cada especie consagrada: quien recibe solo el pan consagrado recibe a Cristo entero, verdadero Dios y verdadero hombre.
La comunión bajo las dos especies expresa con particular claridad el signo sacramental del banquete eucarístico, pero no constituye una condición necesaria para recibir plenamente el fruto del sacramento.
Concelebración
El Concilio Vaticano II restableció y amplió la concelebración sacerdotal en determinadas ocasiones. La concelebración manifiesta la unidad del sacerdocio y del sacrificio eucarístico, siempre que respete la dignidad y el orden propios de la acción litúrgica.