El culto a María
El Concilio Vaticano II enseña que María es honrada por la Iglesia con un culto especial, que se distingue esencialmente del culto de adoración debido al Verbo encarnado, al Padre y al Espíritu Santo. El Concilio exhorta a fomentar generosamente el culto a la Virgen, sobre todo el litúrgico, y a estimar las prácticas de piedad que el magisterio ha recomendado a lo largo de los siglos.
Los títulos con que se invoca a María no restan nada a la dignidad y a la eficacia de Cristo, único Mediador, porque la intercesión de la Virgen depende de la mediación de su Hijo y conduce a ella. El Catecismo recoge esta enseñanza al presentar la oración mariana como colaboración de María con la acción del Espíritu Santo.
La veneración de las imágenes
La Iglesia mantiene la práctica de exponer imágenes sagradas a la veneración de los fieles. El Catecismo recuerda que «el honor dado a una imagen se remonta al modelo original», de modo que la veneración de una imagen de la Virgen se dirige a la Madre de Dios y, por ella, a Cristo.
El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia añade que las imágenes expuestas a la veneración pública deben conservar dignidad, belleza y calidad, y que los rectores de santuarios deben vigilar para que las reproducciones destinadas a los fieles no caigan en la banalidad.
El Rosario
El título «del Rosario» remite a una oración que la Iglesia estima particularmente. Juan Pablo II la presenta como oración de profundo sentido cristológico, apreciada por numerosos santos y estimulada por el magisterio. El Catecismo señala que el Rosario se desarrolló en la piedad medieval de Occidente y se difundió como oración popular.
El Directorio incluye el Rosario entre los ejercicios de piedad que el magisterio recomienda.
La piedad popular como lugar de evangelización
Pablo VI reconoció que la piedad popular, bien orientada, está llena de valores, y que manifiesta una sed de Dios que solo los sencillos y los pobres pueden conocer. El Catecismo enseña que estas expresiones requieren discernimiento pastoral para purificar y rectificar su sentido religioso.
Francisco afirma que en la piedad popular, fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza evangelizadora que no puede menospreciarse, y que sus manifestaciones son un «lugar teológico» al que debe atender la nueva evangelización.
El Documento de Aparecida incluye entre estas expresiones las fiestas patronales, las novenas, los rosarios, las procesiones, las danzas y las peregrinaciones, en las que reconoce al Pueblo de Dios en camino.