Nuestra Señora de Atocha designa tanto la advocación mariana como la imagen venerada bajo ese título. La tradición madrileña relaciona su nombre con el antiguo atochar, es decir, un terreno donde abundaba el esparto o atocha. Esta explicación vincula el título con el paisaje de la zona situada al sur de la villa medieval de Madrid, aunque la etimología exacta del nombre ha sido objeto de distintas interpretaciones históricas.
La devoción no presenta a María como una divinidad autónoma, sino como la Madre de Jesucristo y mediadora subordinada a la única mediación salvadora de Cristo. La veneración de la imagen pertenece, por tanto, al culto católico de dulía relativa que la Iglesia tributa a las imágenes sagradas: el honor se dirige a la persona representada y no a la materia de la escultura. El Concilio de Trento defendió el uso legítimo de las imágenes y enseñó que los fieles recurren a la intercesión de los santos «por medio de Jesucristo, nuestro único Redentor y Salvador».1
La piedad mariana encuentra su centro en Cristo. La doctrina católica considera a María la primera discípula, Madre de los creyentes y Madre de la Iglesia, sin equipararla jamás con Jesucristo ni atribuirle una función redentora independiente.2


