Copacabana antes de la evangelización
Copacabana está en la ribera del lago Titicaca, en el actual departamento boliviano de La Paz. Antes de la llegada de los españoles, el lugar poseía una importancia religiosa para las poblaciones indígenas de la región. Los incas incorporaron Copacabana a su ámbito de influencia y la relacionaron con los antiguos lugares sagrados del lago Titicaca y de sus islas.1
La evangelización cristiana comenzó durante el siglo XVI. Los dominicos establecieron allí un centro de misión después de las primeras visitas españolas a las islas del Titicaca; más tarde, sacerdotes seculares asumieron la atención pastoral por disposición del virrey Francisco de Toledo. En 1589, la misión y sus dependencias pasaron a los agustinos.1
Con el tiempo, Copacabana se convirtió en un punto de encuentro entre la tradición cristiana introducida por los misioneros y la cultura religiosa de las comunidades indígenas. La devoción mariana quedó vinculada a la labor de dominicos, agustinos, franciscanos y sacerdotes diocesanos. Juan Pablo II describió posteriormente esa historia como una fe que había florecido mediante la acción de diversas familias religiosas y del clero local.2
El autor de la imagen
La imagen venerada posee un autor conocido por la tradición histórica: Francisco Tito Yupanqui, indígena natural de Copacabana. En 1582 intentó esculpir una imagen de la Virgen después de contemplar diversas representaciones marianas en las iglesias de La Paz. Tras varios ensayos, logró realizar una imagen de calidad notable para un artista sin formación académica, que fue colocada en Copacabana como protectora de la comunidad.1
La documentación citada no ofrece un nombre alternativo ni atribuye la escultura a un taller europeo. Por ello, Francisco Tito Yupanqui figura como el autor tradicionalmente documentado de la imagen original.
Desarrollo de la devoción
La imagen adquirió pronto fama entre los habitantes de Copacabana y los peregrinos procedentes de Bolivia y del sur del Perú. La devoción se extendió más allá de la localidad, y numerosos fieles atribuyeron favores y curaciones a la intercesión de la Virgen.1
La imagen recibió el apelativo de Virgen Morena, expresión relacionada con su aspecto y con la identidad popular que adquirió entre los pueblos del altiplano. Juan Pablo II la llamó también «Madonna del lago» al recordar la afluencia de peregrinos procedentes de lugares como Cuzco, Juli, Potosí y Salta.2
Durante la rebelión indígena de 1781, la iglesia sufrió profanaciones y daños, pero el camarín de la Virgen permaneció intacto y no fue saqueado. Las guerras de independencia y las posteriores convulsiones políticas ocasionaron la pérdida de buena parte de los ornamentos y donaciones acumulados en el santuario.1


