La expresión Nuestra Señora de la Asunción proclama la fe cristiana en la glorificación plena de María. La Iglesia enseña que la Madre de Dios, al terminar el curso de su vida terrena, fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Pío XII definió solemnemente este dogma en 1950 mediante la constitución apostólica Munificentissimus Deus.3,4
La Asunción no presenta a María como una divinidad independiente ni como una figura separada de Cristo. La doctrina católica contempla en ella la culminación de su unión con el Hijo: María participa de manera singular en la vida, la misión y la obra redentora de Jesucristo, y por ello comparte también su destino glorioso.4
La advocación contiene, además, una enseñanza sobre el destino último del ser humano. La glorificación corporal de María anticipa la resurrección prometida a los redimidos y manifiesta la dignidad del cuerpo humano dentro del plan de Dios. La Asunción constituye así un signo de esperanza para la Iglesia peregrina y una imagen de la gloria futura.3,5


