Orígenes patrísticos y tradiciones antiguas
Desde el siglo II la Iglesia honraba la «Dormición» de María en Oriente, y en Occidente surgieron los relatos apócrifos del Transitus Mariae que describen su muerte y posterior elevación al cielo1. En la Edad Media, la mayoría de los teólogos —entre ellos San Juan Damasceno y San Germán de Constantinopla— defendían la creencia de que María había sido preservada del pecado y, por tanto, estaba destinada a una gloria corporal. Alban Butler señala que, aunque existían conjeturas sobre el lugar de su muerte (Éfeso o Jerusalén), la Iglesia ya consideraba impía la negación de su asunción corporal2.
Definición dogmática (1950)
El 1 de noviembre de 1950, el Papa Pío XII promulgó la Apostólica Constitución Munificentissimus Deus, declarando con autoridad papal que la «Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, habiendo completado el curso de su vida terrenal, fue asumida cuerpo y alma a la gloria celestial”3. La definición se basó en la “unanimidad de la Iglesia y la autoridad del Magisterio” y en la tradición patrística citada por el Papa (San Juan Damasceno, San Germán)4. El Enchiridion Symbolorum registra el texto exacto de la definición, subrayando que la asunción es “un dogma revelado por Dios”5.
Confirmación posterior
El Magisterio ha reiterado la enseñanza. En su Audiencia General de 1997, el Papa Juan Pablo II explicó que la definición evita el término «resurrección» pero afirma la elevación del cuerpo al cielo, señalando que la creencia había sido «casi universal» antes de 19501. El Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium n.º 68, reconoce a María como «signo de esperanza y consuelo» para los peregrinos de la Iglesia, reflejando la importancia del dogma en la vida de los fieles6.

