La Candelaria y la Presentación del Señor
El título de Candelaria procede de la palabra candela, que designa la vela encendida. La Iglesia celebra el 2 de febrero, cuarenta días después de la Navidad, la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, que la tradición popular llamó durante siglos «Purificación de la Virgen». El Evangelio de san Lucas narra que María y José llevaron al Niño a Jerusalén para ofrecerlo a Dios conforme a la Ley, y que el anciano Simeón lo reconoció como «luz para iluminar a las naciones» (Lc 2,32).
En esa jornada la liturgia bendice las velas y organiza una procesión con luces, gesto que expresa la fe en Cristo, luz del mundo, y que dio nombre a la fiesta y a las imágenes de la Virgen que sostienen una vela o una candela. La tradición atribuye al papa Gelasio I, a finales del siglo V, la difusión de esta celebración en Roma.
María, portadora de la luz
La advocación no coloca a la Virgen en el centro de la luz, sino que la presenta como quien lleva a Cristo hasta los hombres. Pablo VI explicó que la fiesta del 2 de febrero recuerda conjuntamente al Hijo y a la Madre: celebra ante todo un misterio de Cristo, y en él la ofrenda de María y su participación en la obra redentora.2 Esta clave teológica ilumina todo el culto de Copiapó, donde los fieles invocan a la Candelaria como la Madre que acompaña en la oscuridad de la mina y del desierto y los conduce hacia su Hijo.



