La advocación de Nuestra Señora de la Consolación proviene del latín Mater Consolationis («Madre de la Consolación») o Consolatrix afflictorum («Consoladora de los afligidos»)1. Este título es uno de los muchos con los que se invoca a María, madre de Jesús, y se encuentra presente en la versión más antigua de las Letanías lauretanas, publicadas en 1572 y aprobadas por el Papa Sixto V en 15871.
El significado teológico de este título se centra en varios aspectos de la vida de María. Primero, Jesús es el consuelo del mundo, y María es su madre. Segundo, la Virgen fue testigo y partícipe de la Pasión de su Hijo, experimentando grandes sufrimientos. Sin embargo, fue consolada por el Padre con la esperanza de la resurrección, lo que la capacita para consolar a quienes se encuentran en cualquier tipo de aflicción1. Además, María imploró y esperó al Espíritu Consolador junto a los Apóstoles en el Cenáculo. Después de su Asunción al cielo, continúa asistiendo y consolando a los fieles que la invocan con amor maternal1.
La devoción de consolación, en un sentido más amplio, implica el deseo interior de ofrecer consuelo al Corazón de Cristo, especialmente al contemplar su Pasión. Esta contemplación no es solo un recuerdo, sino una experiencia mística que nos permite estar presentes en el momento de nuestra redención. Al buscar consolar a Jesús, los fieles encuentran consuelo para sí mismos, uniendo sus sufrimientos a los de Cristo en la cruz y experimentando la consolación interior de saber que Él sufre con ellos2,3. El Papa Francisco ha destacado que la consolación no es una idea abstracta, sino una cercanía compasiva y tierna que comprende el dolor y el sufrimiento, haciendo tangible la misericordia de Dios4.

