La formulación madura de la doctrina atravesó un largo proceso teológico. Los autores medievales compartían un profundo respeto por la santidad de María, pero no resolvían de la misma manera la relación entre su preservación del pecado original y la universalidad de la redención de Cristo.
Las dificultades iniciales
La principal dificultad partía de la enseñanza paulina sobre el pecado de Adán y la necesidad universal de la salvación. Si todos los seres humanos necesitan la redención, algunos teólogos preguntaban cómo podía María haber sido concebida sin pecado original.
Otra dificultad procedía de ciertas expresiones de san Agustín sobre la transmisión del pecado y sobre la condición pecadora de la humanidad. Los grandes escolásticos del siglo XIII conocieron estos argumentos y tendieron a interpretar algunos pasajes patrísticos como referencias a los pecados personales, sin aplicarlos necesariamente al pecado original de la misma manera.
San Bernardo de Claraval, san Alberto Magno, san Buenaventura y santo Tomás de Aquino manifestaron reservas o rechazaron la formulación entonces vigente de la Inmaculada Concepción. Sus objeciones no nacían de una falta de veneración hacia María, sino de la dificultad conceptual que encontraban al explicar cómo una preservación total podía armonizar con la necesidad universal de la redención.,
La aportación de Duns Escoto
La solución decisiva llegó con el franciscano Juan Duns Escoto, fallecido en 1308. Escoto distinguió entre:
- Redención liberadora, que rescata a una persona de un pecado ya contraído.
- Redención preservadora, que impide que una persona caiga bajo el dominio del pecado.
Según esta explicación, María no quedó fuera de la redención de Cristo. Cristo la redimió de una manera todavía más perfecta: aplicó anticipadamente los méritos de su pasión y muerte para preservarla del pecado original desde el primer instante de su concepción.,
La argumentación de Escoto resolvió la aparente contradicción:
María necesitó la redención de Cristo, pero recibió esa redención mediante su preservación del pecado y no mediante la liberación posterior de una culpa contraída.
El razonamiento permitió afirmar simultáneamente dos verdades: Cristo es el Salvador universal y María fue concebida sin pecado original. La santidad inmaculada de María depende enteramente de Cristo y constituye una obra eminente de su gracia.
Del debate universitario a la definición dogmática
A partir de Duns Escoto, la opinión favorable a la Inmaculada Concepción adquirió una influencia creciente en las universidades y en numerosas familias religiosas. La controversia entre los llamados maculistas y inmaculistas continuó durante siglos, aunque la celebración litúrgica de la Concepción de María se extendió progresivamente.,
La cuestión recibió sucesivas intervenciones pontificias. Pablo V prohibió enseñar públicamente que María había sido concebida con pecado original. Gregorio XV impuso silencio a los adversarios de la doctrina, y Alejandro VII precisó en 1661 el sentido de la palabra concepción en relación con la fiesta mariana.
Finalmente, Pío IX definió el dogma el 8 de diciembre de 1854. La definición no presentó la Inmaculada Concepción como una novedad doctrinal, sino como una verdad revelada por Dios, transmitida en la tradición de la Iglesia y confirmada mediante la autoridad doctrinal de la Iglesia.,