La devoción a la Medalla Milagrosa tiene sus raíces en las apariciones de la Santísima Virgen María a Santa Catalina Labouré (nacida Zoé Labouré), una novicia de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, en la casa madre de la comunidad en París durante el año 18301,2,3,4. Estas apariciones ocurrieron en tres ocasiones distintas: la primera el 18 de julio, la segunda el 27 de noviembre y la tercera poco después1,3.
En la segunda aparición, la Virgen María se manifestó de pie sobre un globo terráqueo, con otro globo más pequeño en sus manos que ofrecía a Dios, simbolizando el mundo y cada alma. De sus dedos, adornados con anillos de piedras preciosas, emanaban haces de luz deslumbrantes, que, según explicó, representaban las gracias que serían concedidas a quienes las pidieran1,3. Alrededor de la figura de la Virgen apareció un marco ovalado con las palabras en letras doradas: «Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos»1,3. En el reverso de la visión, apareció la letra M, coronada por una cruz con una barra debajo, y bajo todo esto, los Sagrados Corazones de Jesús y María. El Corazón de Jesús estaba rodeado por una corona de espinas, y el Corazón de María estaba traspasado por una espada1,3.
Durante la segunda y tercera visiones, se le dio a Santa Catalina la instrucción de hacer acuñar una medalla según el modelo revelado, acompañada de la promesa de grandes gracias para aquellos que la llevaran bendecida1. Después de una investigación cuidadosa, el director espiritual de Sor Catalina, M. Aladel, obtuvo la aprobación de Monseñor de Quelen, Arzobispo de París. Las primeras medallas se acuñaron el 30 de junio de 1832, y su distribución llevó a una rápida expansión de la devoción1,3.
