La devoción a Nuestra Señora de la Merced se remonta al año 1218 en Barcelona, España1. En este período, la península ibérica estaba marcada por la presencia musulmana, y muchos cristianos eran capturados y esclavizados. San Pedro Nolasco, nacido en 1189 en Mas-des-Saintes-Puelles, Francia, fue el fundador de la Orden Mercedaria1.
Según la tradición, la Bienaventurada Virgen María se apareció a San Pedro Nolasco en una visión, pidiéndole que fundara una orden dedicada específicamente al rescate de cautivos1. Este proyecto fue apoyado por su confesor, San Raimundo de Peñafort, canónigo de Barcelona, y por el Rey Jaime I de Aragón, de quien Pedro Nolasco fue tutor1.
Fundación de la Orden Mercedaria
En 1218, San Pedro Nolasco reunió a un grupo de hombres devotos bajo la Regla de San Agustín, formando así la Orden de Nuestra Señora de la Merced2,1. La orden fue aprobada inicialmente por el Papa Honorio III y luego confirmada por el Papa Gregorio IX en 1230, quien prescribió la Regla de San Agustín para los religiosos en 12351.
Los primeros miembros de la orden fueron nobles de Barcelona que ya habían formado una cofradía para el cuidado de los enfermos y el rescate de cautivos cristianos de los moros1. La sede de la orden se estableció en el convento de Santa Eulalia de Barcelona, erigido en 12321. Los monjes mercedarios, tanto sacerdotes como laicos o caballeros, vestían túnica, escapulario y capa de color blanco1.
La historia de la orden se distinguió por su admirable labor de santidad y caridad, enriqueciendo la vida de la Iglesia. Se destaca su generosa preocupación por los prisioneros cristianos, pagando por su libertad y facilitando su regreso a sus países de origen a través de la heroica generosidad de muchos hermanos2. Tras el descubrimiento del Nuevo Mundo, los mercedarios también llevaron a cabo una notable labor de evangelización2.

