La Presentación de María en el Templo
El título procede de una tradición cristiana muy antigua, recogida en el Protoevangelio de Santiago, un escrito del siglo II que no pertenece al canon bíblico. Ese relato cuenta que Joaquín y Ana, tras recibir como don de Dios a la hija que ya no esperaban, la llevaron al Templo de Jerusalén cuando tenía tres años para ofrecerla al Señor. La Iglesia no presenta el episodio como un hecho transmitido por los evangelios, pero reconoce en él un contenido espiritual de gran riqueza: la entrega total de María a Dios desde el comienzo de su vida, que prepara su «sí» en la Anunciación.
La fiesta nació en Oriente. Su origen se vincula con la dedicación de la basílica de Santa María la Nueva en Jerusalén, en el año 543, y desde allí se difundió por las Iglesias orientales. En Occidente se introdujo en el siglo XIV y el papa Sixto V la extendió a toda la Iglesia latina en 1585. El calendario romano actual la mantiene el 21 de noviembre como memoria obligatoria de la Presentación de la Bienaventurada Virgen María.
Una imagen del Rosario con título de la Presentación
La talla venerada en Natal representa a Nuestra Señora del Rosario: una Virgen con el Niño en el regazo. Los vecinos de la entonces villa la reconocieron como tal y, al coincidir su hallazgo con la fiesta litúrgica del 21 de noviembre, empezaron a llamarla Nuestra Señora de la Presentación. La advocación une, por tanto, dos devociones: la del Rosario, muy arraigada en el Nordeste brasileño, y la de la Virgen niña consagrada a Dios en el Templo.
El título, además, es anterior a la imagen. La comunidad cristiana de Natal puso bajo el amparo de la Presentación su primera iglesia y su primera parroquia mucho antes de 1753, de modo que el hallazgo del Potengi dio un rostro concreto a una patronal que ya existía.1



