El sábado 12 de abril
El 12 de abril de 1947 fue el sábado in albis, el que sigue a la Pascua. Bruno había perdido el tren hacia Ostia y se dirigió con sus hijos a Tre Fontane. Mientras los niños jugaban, él preparaba el discurso que pronunciaría al día siguiente en una plaza de Roma contra los privilegios de María: la virginidad, la Inmaculada Concepción y la Asunción. Había escrito incluso a lápiz una blasfemia en el pedestal de una imagen mariana: la Virgen no sería ni virgen ni madre.
Cuando el balón de los niños se perdió, Bruno encontró al más pequeño, Gianfranco, de rodillas ante la entrada oscura de la gruta, repitiendo en éxtasis: «¡Bella Señora!». Isola y Carlo se arrodillaron a su lado y repitieron las mismas palabras. Entonces Bruno vio una luz intensa, sintió que perdía el peso del cuerpo y, al exclamar «¡Dios nos salve!», le cayó un velo de los ojos. Vio entonces a la Señora. La visión, hacia las tres y media de la tarde, duró aproximadamente una hora y veinte minutos.
La Señora
El vidente la describió de belleza indecible, con rostro materno y a veces velado por la tristeza. Vestía una túnica blanca ceñida por una faja rosa y un manto verde que cubría sus cabellos negros y llegaba hasta los pies descalzos. Estaba de pie sobre un bloque de toba. Sostenía contra el pecho un libro de color ceniza, que Cornacchiola identificó con la Sagrada Escritura. A sus pies yacía un paño negro con un crucifijo roto. La gruta se llenó de un perfume suave, que los presentes compararon con el de las flores.
Las palabras
La Señora se identificó con estas palabras: «Yo soy la que soy en la Trinidad divina. Yo soy la Virgen de la Revelación». Reprochó a Bruno su persecución con una frase que el relato transmite de forma constante: «Tú me persigues. ¡Ya basta!». Lo invitó a entrar en el redil santo, que el vidente entendió como la Iglesia católica. Le recordó que los nueve primeros viernes del Sagrado Corazón lo habían salvado. Le habló de su Asunción en cuerpo y alma y de la incorruptibilidad de su cuerpo. Le encargó rezar cada día el rosario por la conversión de los pecadores, de los incrédulos y por la unidad de los cristianos. Prometió que, mediante la tierra de aquel lugar de pecado, obraría milagros para la conversión de los incrédulos. Le confió también un mensaje destinado al Papa.
El signo del sacerdote
Como señal de que el mensaje venía de Dios, la Virgen anunció a Bruno que encontraría a un sacerdote que lo saludaría con las palabras «Ave María, hijo mío». Durante varios días buscó a ese sacerdote por Roma. Un sacerdote lo saludó con aquella fórmula y lo remitió a otro presbítero, que lo acompañó en su regreso a la Iglesia. El 7 de mayo de 1947, Bruno y su familia quedaron reconciliados con la fe católica.
Apariciones posteriores
Cornacchiola refirió nuevos encuentros con la Señora los días 6, 23 y 30 de mayo de 1947. Más tarde, hasta su muerte, aseguró haber recibido mensajes adicionales, algunos con un tono apocalíptico y de carácter profético sobre acontecimientos futuros. La autoridad eclesiástica no ha confirmado esas comunicaciones posteriores, y los pastores de la Iglesia invitan a mantener la prudencia ante ellas.