La devoción a Nuestra Señora de las Virtudes tiene sus raíces en la rica tradición mística y litúrgica de la Iglesia católica, donde la Virgen María es presentada como el paradigma supremo de las virtudes cristianas. Desde los primeros siglos del cristianismo, la liturgia y los escritos patrísticos destacaban las cualidades de María, pero fue en la Edad Media cuando esta advocación comenzó a tomar forma más definida, influida por visionarias y teólogos que exploraron la relación entre la humildad de María y la floración de las virtudes en el alma del creyente.
En particular, las revelaciones de santa Hildegarda de Bingen, una mística del siglo XII, ofrecen un fundamento teológico clave. En sus obras, como el Libro de las obras divinas, describe cómo la humildad de la Virgen une todas las virtudes, reuniéndolas como flores en un jardín espiritual. Hildegarda explica que Dios, al inclinarse hacia la tierra a través de María, congrega las virtudes en la Iglesia, adornando al penitente con su diversidad. Esta visión poética y simbólica presenta a María no solo como madre, sino como conductora de las virtudes hacia las «nupcias del Rey», es decir, la unión con Cristo.1,2,3
El culto se extendió en España durante el período de la Reconquista y el Renacimiento, donde las advocaciones marianas proliferaron como signos de protección divina. Aunque no hay un origen único documentado para esta advocación específica, se vincula con la devoción general a la Inmaculada Concepción y a las virtudes cardinales, promovida por santos como san Isidoro de Sevilla y san Ildefonso de Toledo, quienes enriquecieron la liturgia con oraciones dedicadas a María como modelo de pureza y caridad.4

