El valle de Fours (mayo-agosto de 1664)
En ese valle, junto a una gruta, Benita vio a una bella Señora que sostenía en brazos a un niño de singular hermosura. La joven, fiel a su costumbre de compartir lo que tenía, le ofreció pan; la Señora sonrió sin decir palabra y desapareció con el niño.,
Durante unos cuatro meses la Señora volvió a aparecerse casi a diario. En esos encuentros formó a la pastora en la vida de oración y en la humildad. Benita era la única que la veía y la escuchaba.
Cuando contó lo que le sucedía a la dueña del rebaño, esta no la creyó al principio. Un día la siguió hasta el valle y, escondida, observó a la pastora en conversación. Benita transmitió entonces a su patrona la petición de la Virgen: debía hacer penitencia por una falta oculta de su conciencia. La mujer se corrigió y volvió a los sacramentos.,
La revelación del nombre (29 de agosto de 1664)
El 29 de agosto de 1664 Benita se atrevió a preguntar a la Señora quién era. La respuesta fue sencilla: «Me llamo María». Ese día Benita supo que la Señora de las apariciones era la Madre de Jesús.,
Pindreau y la capilla del Buen Encuentro
A finales de septiembre de 1664, tras un mes de ausencia, la Virgen se mostró de nuevo a Benita al otro lado del valle, en un paraje llamado Pindreau. Allí le indicó que fuera a Laus, donde encontraría una capilla por el aroma que la rodeaba.,
Benita siguió un perfume suave hasta la vieja capilla de Nuestra Señora del Buen Encuentro, entonces en estado ruinoso. Dentro la esperaba la Virgen, de pie sobre el altar. Allí le explicó el sentido de sus apariciones: había pedido ese lugar a su Hijo para la conversión de los pecadores, y Él se lo había concedido.,
El perfume celestial que acompañaba a las apariciones constituye uno de los rasgos más constantes del relato de Laus: Benita lo percibía durante los encuentros con la Virgen, y los testigos del santuario dieron fe de él en distintas ocasiones.
Una aparición prolongada
Las apariciones de Laus no se limitaron a unos meses. La Virgen se mostró a Benita durante cincuenta y cuatro años, hasta su muerte en 1718. A esos encuentros se sumaron visiones de ángeles, de santos y del paraíso, que sostuvieron el apostolado de la vidente y completaron su formación espiritual.,