La advocación presenta a María como madre que acompaña a Jesús desde los primeros años de su vida hasta su muerte y sepultura. Su fundamento bíblico se encuentra especialmente en la profecía de Simeón, que anuncia que una espada atravesará el alma de María, y en la presencia de la Virgen junto a la cruz, narrada en el Evangelio de san Juan. La liturgia y la piedad cristiana interpretan estos pasajes como expresión de la unión de la Madre con la pasión salvadora de su Hijo.1,2
Esta unión no sitúa a María al mismo nivel que Cristo en la redención: la pasión de Jesús es el centro de la salvación cristiana. La devoción contempla a María como madre y participante en esa pasión, y entiende sus dolores a la luz del amor redentor de Cristo y de la fe en la resurrección. Por ello, la imagen de la Virgen Dolorosa no remite solo a la tristeza, sino también a la fidelidad, la esperanza y la entrega.1,2



