María, Madre de los pobres
El título Nuestra Señora de los Pobres relaciona la devoción de Banneux con el Evangelio de las bienaventuranzas. Jesús proclama dichosos a los pobres, a los afligidos y a quienes sufren persecución, porque Dios promete sostenerlos y conducirlos a la plenitud de su Reino.
La pobreza evangélica no equivale a la miseria ni justifica la injusticia social. Expresa, ante todo, la dependencia confiada de Dios y la disponibilidad para recibir su gracia. Al mismo tiempo, la fe cristiana exige una respuesta concreta ante la pobreza material, la enfermedad, la exclusión y el abandono.
Benedicto XVI describió a María como aquella que ocupa un lugar eminente entre los humildes y pobres del Señor, quienes esperan y reciben de Dios la salvación con confianza.
La oración y la conversión
El mensaje de Banneux invita a la oración perseverante. La oración cristiana no consiste en una fórmula mágica para obtener favores, sino en una relación filial con Dios mediante Jesucristo. La intercesión de María conduce siempre al Salvador y dispone el corazón a la conversión.
Juan Pablo II presentó la peregrinación mariana como una ocasión para descubrir la fuerza de la oración, pedir perdón por los pecados y recuperar la alegría de saberse hijo de Dios.
La devoción auténtica a Nuestra Señora de los Pobres incluye, por tanto:
La paz
Las apariciones tuvieron lugar pocos años antes de la Segunda Guerra Mundial. La interpretación eclesial de Banneux ha relacionado su mensaje con la necesidad de construir la paz. María aparece como mensajera de una paz que no se reduce a la ausencia de conflictos armados: exige justicia, fraternidad, perdón y protección de los débiles.
Juan Pablo II vinculó expresamente Banneux con la responsabilidad de atender a los más vulnerables y pidió que la intercesión de María obtuviera para la humanidad el don de la armonía y de la paz.