La expresión francesa Notre-Dame de Paris significa literalmente Nuestra Señora de París. En la tradición católica, «Nuestra Señora» constituye una forma filial y honorífica de referirse a la Virgen María, Madre de Jesucristo y figura eminente de la Iglesia.
La advocación pertenece, por tanto, al amplio conjunto de títulos marianos que expresan una misma fe en María, pero adquieren una configuración histórica y espiritual particular según el lugar. La devoción parisina no sustituye a la devoción universal a la Virgen, sino que la concreta en la vida litúrgica, artística y pastoral de la Iglesia de París.
La catedral recuerda especialmente a María como:
- Madre de Dios, porque dio a luz a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
- Virgen, en consonancia con la tradición cristiana sobre su virginidad perpetua.
- Discípula perfecta, que acogió la palabra de Dios y respondió a ella con obediencia.
- Madre de la Iglesia, asociada espiritualmente a la obra redentora de su Hijo.
- Intercesora, siempre subordinada a la única mediación de Jesucristo.
San Juan Pablo II describió Notre-Dame como un lugar consagrado a la Madre de Dios y presentó la vida de María como una respuesta perfecta al amor de Dios.1
