Origen bizantino y llegada a la ciudad
La pintura se atribuye, por tradición devocional, al periodo anterior al siglo XVI, con una datación aproximada en torno al siglo XIII. La imagen llegó a Roma hacia el final del siglo XV, llevada por un mercader piadoso. Al morir en Roma, ordenó que la imagen quedara expuesta para la veneración pública en una iglesia.
San Mateo y la difusión del culto
La devoción tomó forma concreta cuando la imagen se expuso en la iglesia de San Matteo (en la zona de Vía Merulana), entre la basílica de Santa María la Mayor y la basílica de San Juan de Letrán. Con el tiempo, la afluencia de fieles creció y el culto se mantuvo durante casi tres siglos; numerosas gracias se atribuyeron a la intercesión de la Virgen bajo esta advocación. La comunidad religiosa que atendía la iglesia fue sustituida con el paso del tiempo, pero el lugar siguió actuando como foco de veneración.
Desaparición y redescubrimiento
La historia del icono conoció un quiebre con la invasión francesa de Roma en 1812, que desembocó en la destrucción de la iglesia y en la desaparición de la imagen. El icono permaneció oculto y abandonado durante más de cuarenta años.
Entre 1863 y 1865 se produjeron circunstancias «providenciales» que condujeron a su redescubrimiento en un oratorio vinculado a los agustinos.
Intervención de Pío IX y reordenación del culto
El papa Pío IX intervino de forma decisiva. Recordó su propia experiencia de oración ante la imagen en su juventud y, por carta del 11 de diciembre de 1865 dirigida al superior competente, ordenó reanudar la veneración pública en Roma, esta vez en una iglesia nueva (San Alfonso, vinculada a la tradición redentorista).
La reexposición pública se acompañó de gestos litúrgicos y eclesiales:
- aprobó la traslación solemne de la imagen el 26 de abril de 1866;
- impulsó la coronación de la imagen el 23 de junio de 1867;
- fijó la fiesta con rango propio (como «doble de segunda clase») en el domingo anterior a la fiesta del nacimiento de san Juan Bautista;
- aprobó en 1876 un oficio y misa especiales para la congregación relacionada con el lugar del culto.
Confraternidad y expansión
La devoción también se estructuró mediante una confraternidad dedicada a la Virgen bajo este título y a san Alfonso, elevada después a rango superior (archiconfraternidad) y enriquecida con privilegios espirituales. La imagen se difundió mediante copias y estampas para impulsar el rezo y la veneración en múltiples territorios.