La devoción a Nuestra Señora del Carmen tiene sus raíces en el Monte Carmelo en Tierra Santa, un lugar con una rica historia bíblica asociado con el profeta Elías y los «Hijos de los Profetas»1. En el siglo XII, un grupo de ermitaños latinos se estableció en este monte, buscando imitar la vida de Elías y vivir en contemplación, dedicándose al servicio de Dios2,1. Estos ermitaños, que se consideran los fundadores de la Orden Carmelita, construyeron una capilla en honor a la Santísima Virgen María, por lo que fueron conocidos como «Hermanos de la Bienaventurada María del Monte Carmelo»1.
La Orden Carmelita fue reconocida por la Iglesia con la aprobación de su regla por el Papa Inocencio IV en 12472,1. Sin embargo, la Orden enfrentó dificultades en sus inicios, y según la tradición carmelita, la Virgen María se apareció a San Simón Stock, entonces Superior General, el 16 de julio de 1251 en Cambridge, Inglaterra3,4. En esta aparición, la Virgen le entregó el escapulario de la Orden como una señal de su confraternidad y una promesa de gracia: «Quien muera con este hábito, no padecerá el fuego eterno»4. Aunque la formulación precisa de esta tradición aparece por primera vez en 1642 y no está completamente respaldada por documentos históricos en su forma más detallada, el contenido general de una protección especial de la Santísima Virgen para la Orden y sus devotos que visten el hábito con fidelidad es una tradición piadosa y creíble4.
La fiesta de Nuestra Señora del Carmen fue instituida por los Carmelitas entre 1376 y 1386, originalmente para celebrar la aprobación de su nombre y constitución. Fue asignada al 16 de julio en conmemoración de la entrega del escapulario a San Simón Stock en 12513. El Papa Sixto V aprobó la fiesta en 1587, y después de un examen de las tradiciones carmelitas por el Cardenal Bellarmino en 1609, fue declarada la fiesta patronal de la Orden3,1. En 1726, el Papa Benedicto XIII extendió su celebración a toda la Iglesia Latina3,1.

