El santuario medieval gótico-mudéjar
El edificio anterior a la basílica barroca pertenecía a la arquitectura religiosa medieval aragonesa. Su configuración combinaba elementos góticos y mudéjares, rasgo característico del patrimonio artístico de Aragón. El ladrillo, los arcos apuntados, las estructuras de tradición gótica y la ornamentación mudéjar formaban parte de un conjunto que sobrevivió, con reformas sucesivas, hasta la gran renovación iniciada a finales del siglo XVII.
La antigua iglesia no desapareció de la memoria del santuario: la actual basílica incorporó y protegió el núcleo devocional asociado a la Santa Capilla, lugar donde la tradición sitúa la aparición de María y donde permanece el pilar.
La basílica barroca
La construcción del templo actual comenzó en 1681, durante el episcopado del arzobispo Diego de Castrillo. La primera piedra recibió colocación solemne el 25 de julio de 1685. El nuevo proyecto sustituyó progresivamente el edificio medieval por un santuario de grandes dimensiones y lenguaje barroco.
La basílica responde a una concepción monumental. Su planta, sus naves, sus cúpulas y sus torres configuran una presencia arquitectónica visible desde distintos puntos de Zaragoza y desde el curso del Ebro. Las numerosas cúpulas cubiertas con teja vidriada constituyen uno de los rasgos más reconocibles del paisaje urbano zaragozano.
La construcción atravesó distintas fases y reformas. El resultado actual no corresponde a una obra ejecutada en un único momento, sino a un proceso prolongado de ampliación, decoración, restauración y consolidación. El edificio barroco acogió la Santa Capilla, que ocupa el centro espiritual del santuario.
La Santa Capilla
La Santa Capilla de Nuestra Señora del Pilar alberga la imagen mariana y el pilar venerado. El espacio adopta una forma independiente dentro de la basílica y permite a los peregrinos acercarse a la columna para besarla o tocarla mediante los óculos abiertos en la parte posterior.
La capilla posee una intensa significación litúrgica y devocional. El pilar no recibe culto como una reliquia autónoma desligada de María, sino como el signo material de la tradición de su aparición y de la protección maternal que los fieles atribuyen a la Virgen.