La práctica de repetir oraciones como una forma de devoción ya existía antes del nacimiento de Santo Domingo de Guzmán. En el siglo XII, era común que las personas sencillas o con poco tiempo, que no podían leer los ciento cincuenta salmos como lo hacían los religiosos y eruditos, recitaran ciento cincuenta Padrenuestros o, más comúnmente, ciento cincuenta Avemarías como salutaciones a la Virgen María. Esta práctica se consideraba una especie de «Salterio de María» en miniatura1,2.
La tradición atribuye a Santo Domingo de Guzmán la difusión del Rosario tal como lo conocemos hoy, presentándolo como un arma poderosa contra las herejías, particularmente la de los albigenses, en un momento de gran peligro para la fe católica3,4. El Papa Pío V, en su bula Consueverunt Romani (1569), destacó cómo Santo Domingo propagó esta forma de oración, que consiste en la veneración de la Santísima Virgen con el saludo angélico repetido ciento cincuenta veces (siguiendo el número del Salterio davídico) y el Padrenuestro en cada decena, intercalado con meditaciones sobre la vida de Nuestro Señor Jesucristo4.
Con el tiempo, la devoción al Santo Rosario creció notablemente, especialmente en la Edad Media, lo que se evidencia en la gran cantidad de ermitas, iglesias, monasterios y santuarios dedicados a Nuestra Señora donde se veneran imágenes que aún hoy reciben las alabanzas y confidencias del pueblo fiel5,6. Los hijos de Santo Domingo de Guzmán, los dominicos, fueron instrumentales en la expansión de esta oración5,6,7.

