La Sagrada Escritura vincula el tema de la alianza con la historia de la salvación: Dios establece una relación pactada con su pueblo, lo guía, corrige su infidelidad y abre un horizonte mayor. El Nuevo Testamento sitúa la alianza en un cumplimiento que mantiene una continuidad profunda con la relación pactada anterior, pero introduce también una novedad radical en la base del pacto.1
La continuidad afecta al núcleo del vínculo entre Dios y su pueblo. Las rupturas afectan a instituciones antiguas que pretendían sostener el vínculo y, sin embargo, no lograron producir una mediación plenamente eficaz. El Nuevo Testamento afirma que Dios establece la alianza sobre un fundamento nuevo: la persona y la obra de Jesucristo.1
«Nueva» no significa «inútil», sino «plenitud»
La palabra «nueva» indica plenitud y transformación. Jesús presenta la alianza como algo nuevo no por simple cambio exterior, sino porque cambia el modo de ratificación: la alianza del Sinaí se selló con sangre de víctimas; la alianza de Cristo se sella con la sangre del Hijo, que transforma su muerte en un acto de entrega.1
