La expresión «nueva evangelización» ocupa un lugar central en el magisterio reciente porque responde a una realidad concreta: la misión de la Iglesia no cambia en su finalidad, pero toma «formas nuevas» según los tiempos, las situaciones y los momentos históricos. En la época actual, esa misión afronta con especial intensidad el fenómeno de la extrañación respecto de la fe.2,3
En la práctica, la nueva evangelización abarca dos frentes estrechamente unidos:
- Anuncio de Cristo allí donde el Evangelio no se proclamó con claridad o no llegó de modo suficiente.
- Reevangelización y reencuentro con el Evangelio allí donde la proclamación ya resonó, pero la vida cristiana pierde vigor por la secularización, el indiferentismo religioso o el ateísmo práctico.1,2
La Iglesia entiende esta tarea como una exigencia permanente de su ser: la evangelización constituye su «identidad más profunda», porque la Iglesia existe para evangelizar.4,2


