La práctica consiste tradicionalmente en recibir la sagrada Comunión durante nueve primeros viernes de mes consecutivos, con espíritu de fe, amor y reparación al Corazón de Jesús. Normalmente incluye también la participación en la Santa Misa, la confesión sacramental cuando resulta necesaria y alguna oración de desagravio.
El viernes posee un significado cristológico particular porque recuerda la pasión y muerte del Señor. La devoción dirige la atención al Corazón de Cristo como signo de su amor humano y divino, manifestado de modo supremo en la entrega de la cruz.
La Iglesia reconoce los primeros viernes entre las prácticas tradicionales de la devoción al Sagrado Corazón. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia relaciona expresamente esta costumbre con la llamada «gran promesa» transmitida en el contexto de las revelaciones a santa Margarita María de Alacoque.1,2


