Función diplomática ante la Santa Sede y los Estados
En su dimensión diplomática, el nuncio apostólico representa a la Santa Sede, no únicamente a la persona privada del papa. La Santa Sede constituye el sujeto de las relaciones diplomáticas con los Estados y con diversas organizaciones internacionales.
El nuncio mantiene comunicación oficial con el Gobierno del país donde está acreditado. Presenta sus cartas credenciales, transmite posiciones de la Santa Sede, facilita el diálogo institucional y aborda cuestiones relacionadas con la libertad religiosa, la paz, la justicia, la educación, la asistencia humanitaria y la cooperación internacional.
Su actividad diplomática no convierte a la Iglesia en un partido político ni al nuncio en un funcionario del Estado. El nuncio actúa con independencia respecto del Gobierno ante el que está acreditado y conserva como finalidad propia la defensa de la misión de la Iglesia y de la dignidad humana.
La Santa Sede proporciona al representante pontificio instrucciones y documentación relativas a la misión encomendada. El nuncio mantiene la comunicación con la Secretaría de Estado y remite informes sobre la situación política, social, religiosa y eclesial del país donde trabaja.
Cuando la Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con un Estado, la representación suele recibir el nombre de nunciatura apostólica. La existencia de una nunciatura expresa una relación oficial entre la Santa Sede y el Estado correspondiente, aunque la calidad de esas relaciones puede variar según las circunstancias históricas y políticas.
El nuncio disfruta, en el ámbito internacional, de la consideración diplomática correspondiente a un embajador. La extensión concreta de sus privilegios e inmunidades depende del derecho internacional y de los acuerdos aplicables.
Función eclesial ante las Iglesias locales
La función eclesial constituye una dimensión esencial de la misión del nuncio. El nuncio mantiene el contacto entre el papa y las Iglesias particulares, conoce su situación y comunica a la Santa Sede sus necesidades, dificultades y proyectos.
El papa Juan Pablo II describió a los nuncios como representantes ante los Gobiernos, pero «ante todo, testigos de su ministerio de unidad en las Iglesias locales». También les atribuyó la tarea de facilitar un contacto constante entre los pastores de las Iglesias particulares y la Sede Apostólica.
El nuncio no sustituye al obispo diocesano ni gobierna ordinariamente una diócesis. Cada obispo conserva la responsabilidad propia que le corresponde por su oficio. La misión del nuncio consiste en servir a la comunión, respetando la responsabilidad de los obispos y favoreciendo la cooperación entre las Iglesias particulares y la Iglesia universal.
Juan Pablo II calificó esta misión como un servicio de comunión que no puede reducirse a una intermediación burocrática. El nuncio debe ejercer una presencia pastoral, permanecer cercano a los pastores locales y contribuir a unir la dimensión particular y la dimensión universal de la Iglesia.