La obediencia al Magisterio se entiende como la aceptación fiel de la autoridad docente de la Iglesia, que actúa como guardiana del depósito de la fe. El propio Cristo confió a sus apóstoles la misión de enseñar y preservar la verdad (cf. Mt 7,29), y la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, continúa esa tarea (cf. Jn 16,13).
«Obedecer a la Iglesia es indispensable para aceptar la Revelación confiada a la Iglesia y para tener comunión en la verdad que nos hace libres»1.
