Las obras de misericordia espirituales se definen como virtudes que impulsan la voluntad a compadecer las miserias ajenas, especialmente las del alma, y a aliviarlas en la medida de lo posible. Según la tradición escolástica, como la de Santo Tomás de Aquino, la misericordia es una virtud especial, distinta de la caridad aunque de ella derivada, y se dirige ad alterum, regulando relaciones entre personas mediante la justicia y la compasión ante la miseria involuntaria.2
Su origen se remonta a la Sagrada Escritura y la práctica de los primeros cristianos. El Catecismo de la Iglesia Católica las describe como acciones que acuden en auxilio de las necesidades espirituales y corporales del prójimo, citando pasajes como Isaías 58:6-7 y Hebreos 13:3.1 En el Evangelio de Mateo (25:31-46), Jesús establece el criterio del juicio: lo hecho o no hecho a los más pequeños se hace a Él mismo, abarcando tanto lo material como lo espiritual.4,3 La enumeración tradicional de siete obras espirituales se consolida en la Edad Media y se mantiene en catecismos posteriores.5,6
