La palabra octava designa una celebración que comprende ocho días: el día de la fiesta y los siete días siguientes. En el calendario litúrgico romano, los ocho primeros días del tiempo pascual forman la Octava de Pascua y tienen rango de solemnidades del Señor. Por tanto, la Octava no es simplemente una semana de recuerdos o una sucesión de fiestas independientes; constituye una prolongación litúrgica de la solemnidad pascual.1
El primer día es el Domingo de Pascua y el octavo, el domingo siguiente. La expresión tradicional «un solo día» describe la unidad espiritual de la celebración: la Iglesia prolonga durante toda la Octava el anuncio de que Cristo ha resucitado. El papa Juan Pablo II explicó que la liturgia considera esta Octava «como un solo día» y vinculó esa unidad con la alegría pascual que continúa durante los cincuenta días hasta Pentecostés.2
La Octava pertenece al tiempo pascual, pero no equivale a todo ese tiempo. La primera comprende ocho días; el segundo abarca cincuenta, desde la Pascua hasta Pentecostés. La alegría de la Resurrección, por tanto, no termina con la Octava: esta constituye su comienzo solemne y concentrado dentro de un periodo litúrgico más amplio.3,4


