En la liturgia, una octava prolonga durante ocho días la celebración de una fiesta: comprende el día de la solemnidad y los siete días siguientes, hasta su día octavo. La práctica no estuvo presente desde el comienzo en todas las fiestas cristianas. La celebración pascual de los cincuenta días formó inicialmente una unidad festiva amplia; con el tiempo, la Pascua y Pentecostés adquirieron octavas propias. Los primeros testimonios históricos conocidos de una octava cristiana corresponden a dedicaciones de iglesias en el siglo IV, y a partir de ese siglo aparecen referencias más frecuentes a esta práctica.1
El nombre Pentecostés procede del griego y significa «quincuagésimo»: la fiesta cristiana cae cincuenta días después de la Pascua. Su celebración recuerda la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y el comienzo de la misión de la Iglesia. La octava extendía esa conmemoración más allá del domingo, de modo que la fiesta no quedaba reducida a una jornada aislada.2,3
La octava debe distinguirse del conjunto de los cincuenta días pascuales. En la tradición litúrgica, estos cincuenta días constituyen el tiempo que va desde el domingo de Resurrección hasta Pentecostés; la octava, en cambio, designa los ocho días propios de la celebración de una solemnidad. Aunque la práctica de la octava de Pentecostés dio a la fiesta un desarrollo litúrgico prolongado, el tiempo pascual abarcaba un periodo mucho mayor.4,5



