El simbolismo del número ocho
La tradición bíblica concede una importancia particular al octavo día. La circuncisión de los varones israelitas tenía lugar al octavo día, como muestran los relatos y prescripciones relacionados con Isaac, la Ley mosaica y Juan el Bautista.
En el Antiguo Testamento, algunas solemnidades de siete días concluían con una reunión sagrada en el octavo. La fiesta de las Tiendas, por ejemplo, incluía una celebración conclusiva en ese día. También ciertas purificaciones, sacrificios y dedicaciones del Templo alcanzaban su culminación en el octavo día.
El cristianismo interpretó el octavo día a la luz de la resurrección de Cristo. El domingo, primer día de la semana, inaugura la nueva creación; al mismo tiempo, el octavo día simboliza una realidad que supera el ciclo temporal ordinario. Por ello, la octava expresa que la salvación de Cristo no queda encerrada en una fecha, sino que inaugura una vida nueva y definitiva.
La Pascua como «octavo día»
La octava pascual posee una importancia singular porque prolonga litúrgicamente el único misterio de la muerte y resurrección del Señor. La Iglesia no recuerda ocho acontecimientos independientes, sino que celebra durante ocho días la misma Pascua de Cristo desde perspectivas complementarias.
Las normas universales del año litúrgico definen los ocho primeros días del tiempo pascual como la Octava de Pascua y ordenan que todos ellos tengan rango de solemnidades del Señor.
La octava pascual conserva, por tanto, un carácter especialmente solemne:
- cada día posee una celebración propia;
- la liturgia mantiene el tono festivo de la resurrección;
- la primera lectura y el Evangelio presentan el nacimiento y la expansión de la Iglesia apostólica;
- la comunidad cristiana prolonga la alegría pascual;
- los bautizados recuerdan la vida nueva recibida en Cristo.
La conclusión de la octava coincide con el II Domingo de Pascua, que la liturgia romana denomina también Domingo de la Divina Misericordia.
La Navidad como octava
La octava de Navidad prolonga la celebración del nacimiento del Hijo de Dios y muestra la unidad entre la Encarnación y la obra de la redención. La liturgia romana sitúa dentro de estos días las celebraciones de san Esteban, san Juan Evangelista, los Santos Inocentes y la Sagrada Familia, junto con otros formularios propios del tiempo navideño.
Estas fiestas no rompen la unidad de la octava. La tradición litúrgica las contempló como una especie de corte de honor en torno al Niño Jesús, especialmente en el caso de san Esteban, san Juan y los Santos Inocentes. La reforma litúrgica conservó estas celebraciones dentro del tiempo de Navidad, aunque las integró en el Propio de los Santos y enriqueció las lecturas bíblicas de los días navideños.
El octavo día de Navidad, el 1 de enero, celebra actualmente la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. La formulación moderna recuperó el carácter mariano de esta jornada, que en el antiguo calendario romano había recibido también denominaciones relacionadas con la Circuncisión del Señor y la octava de Navidad.