Octogesima Adveniens aborda una serie de problemas urgentes, extensos y complejos que debían ocupar un lugar central en las preocupaciones de los cristianos y de toda la humanidad.
Nuevos Problemas Sociales
El documento identifica varias áreas de preocupación:
Urbanización y Deshumanización: El rápido crecimiento de las ciudades presenta desafíos como la deshumanización de los entornos urbanos, la segregación social y la pérdida de lazos comunitarios.
Discriminación: La carta denuncia diversas formas de discriminación por razón de origen, raza, color, cultura, sexo o religión, que impiden a las personas participar plenamente en la vida social y económica.
Emigración: La situación de los emigrantes, a menudo desarraigados y explotados, es un tema de especial atención, destacando la necesidad de reconocer su dignidad y derechos.
Creación de Empleo: Ante el crecimiento demográfico, especialmente en las naciones jóvenes, la falta de empleo y la miseria representan un desafío crítico. El Papa Pablo VI insta a una política efectiva de inversión, organización de la producción y el comercio, y educación para evitar soluciones malthusianas como la anticoncepción y el aborto, reafirmando el derecho de la familia al apoyo para su desarrollo saludable.
Medios de Comunicación Social: El poder de los medios para moldear la opinión pública y la cultura es examinado, con una llamada a la responsabilidad en su uso.
Medio Ambiente: El documento es pionero al señalar las preocupaciones ecológicas, advirtiendo sobre la explotación irresponsable de la naturaleza y sus consecuencias para la humanidad.
Víctimas del Cambio: Se presta especial atención a los «nuevos pobres» –los discapacitados, inadaptados, ancianos y otros grupos marginados– que son particularmente vulnerables en una sociedad endurecida por la competencia. La Iglesia dirige su atención a ellos para reconocerlos, ayudarlos y defender su lugar y dignidad.
La Búsqueda de Mayor Justicia
La carta enfatiza la necesidad de establecer una mayor justicia en el reparto de bienes, tanto dentro de las comunidades nacionales como a nivel internacional. Se insta a superar las relaciones basadas en la fuerza en los intercambios internacionales para alcanzar acuerdos que consideren el bien de todos. Un deber fundamental en el ámbito de la justicia es permitir que cada país promueva su propio desarrollo, en un marco de cooperación libre de cualquier espíritu de dominación económica o política. Esto implica una revisión de las relaciones entre naciones, incluyendo la división internacional de la producción, la estructura de los intercambios, el control de los beneficios y el sistema monetario, así como la necesidad de cuestionar los modelos de crecimiento de las naciones ricas y renovar las organizaciones internacionales para aumentar su eficacia.
También se aborda el surgimiento de las empresas multinacionales, que, por su concentración y flexibilidad de medios, pueden llevar a una nueva forma abusiva de dominación económica, social, cultural e incluso política, escapando al control de los poderes políticos nacionales y del bien común.
Dinamismo de la Enseñanza Social de la Iglesia
Octogesima Adveniens subraya que la enseñanza social de la Iglesia no es una serie de principios estáticos o modelos prefabricados. Por el contrario, es una enseñanza dinámica que se desarrolla a través de la reflexión aplicada a las situaciones cambiantes del mundo, impulsada por el Evangelio como fuente de renovación. La Iglesia, con su sensibilidad y su voluntad desinteresada de servir a los más pobres, se esfuerza por dar respuesta a las expectativas de los hombres frente a las nuevas y urgentes preguntas.
Llamada a la Acción
El Papa Pablo VI hace un llamado insistente a la acción para todos los cristianos. Recuerda que la Iglesia siempre ha tenido una doble función en la esfera social: iluminar las mentes para descubrir la verdad y participar en la acción para difundir las energías del Evangelio con un verdadero espíritu de servicio y eficacia.
Se enfatiza que no basta con recordar principios, declarar intenciones, señalar injusticias o hacer denuncias proféticas; estas palabras carecerán de peso si no van acompañadas de una conciencia más viva de la responsabilidad personal y de una acción efectiva por parte de cada individuo. Se insta a los laicos a asumir como tarea propia la renovación del orden temporal, tomando iniciativas libremente y difundiendo un espíritu cristiano en la mentalidad, costumbres, leyes y estructuras de la comunidad en la que viven, sin esperar pasivamente órdenes o directivas de la jerarquía.
La esperanza del cristiano se fundamenta en la certeza de que el Señor trabaja con la humanidad en el mundo, continuando la Redención, y en el conocimiento de que otros hombres también trabajan por la justicia y la paz, ya que en el corazón de cada persona existe una voluntad de vivir en hermandad y una sed de justicia y paz.