La Institución general de la Liturgia de las Horas presenta el Oficio de lectura como una celebración ordenada y coherente. Sus elementos principales son los siguientes:
- Introducción.
- Salmodia.
- Primera lectura bíblica.
- Responsorio.
- Segunda lectura.
- Responsorio.
- Oración conclusiva.
La estructura general de la Liturgia de las Horas combina himno inicial, salmodia, lectura breve o extensa de la Sagrada Escritura y oraciones. Estos elementos forman una unidad de oración, no una sucesión de textos independientes.
Introducción
Cuando el Oficio de lectura precede inmediatamente a Laudes, comienza con el invitatorio. Esta introducción consta del versículo «Señor, ábreme los labios» y del salmo 94, acompañado de su antífona. También pueden utilizarse los salmos 99, 66 o 23. El invitatorio invita a alabar a Dios, escuchar su voz y caminar hacia el descanso prometido por el Señor.
Cuando la hora no precede a Laudes, comienza con el versículo «Dios mío, ven en mi auxilio», seguido de «Señor, date prisa en socorrerme», del «Gloria al Padre» y, fuera del tiempo de Cuaresma, del aleluya.
Himno
El himno orienta espiritualmente la celebración. Introduce el tema del día, del tiempo litúrgico o de la fiesta, y ayuda a que la comunidad pase de las ocupaciones ordinarias a la alabanza de Dios. La Liturgia de las Horas integra el canto de himnos con los salmos y las lecturas, de acuerdo con la naturaleza de cada parte.
Salmodia
La salmodia expresa la respuesta de la Iglesia a Dios. Los salmos contienen alabanza, acción de gracias, súplica, arrepentimiento, confianza y esperanza. La comunidad cristiana los recita como oración de Cristo y de su Cuerpo, la Iglesia.
Las antífonas ayudan a interpretar cada salmo desde el misterio celebrado. El «Gloria al Padre» proclama la orientación trinitaria de la oración y relaciona la experiencia de Israel con la fe cristiana.
Primera lectura: la Sagrada Escritura
La primera lectura procede de la Biblia. Puede presentar pasajes del Antiguo o del Nuevo Testamento y sigue un orden establecido por el ciclo litúrgico. Su finalidad no consiste solo en transmitir información religiosa: la Iglesia escucha en ella la palabra viva de Dios.
La lectura bíblica ocupa un lugar fundamental porque funda toda la oración litúrgica. La Escritura no aparece como un texto aislado, sino dentro de una celebración que conduce de la escucha a la respuesta mediante el salmo, el silencio, el responsorio y la oración.
La oración debe acompañar la lectura para convertirla en un verdadero diálogo entre Dios y el ser humano: el creyente habla con Dios cuando ora y escucha a Dios cuando recibe sus palabras.
Responsorio
Después de la lectura bíblica, el responsorio permite responder a la palabra escuchada. Su forma alterna una breve proclamación con una respuesta de la asamblea o del orante. Así, la comunidad no recibe pasivamente la Escritura, sino que la acoge y la devuelve a Dios en forma de alabanza, súplica y profesión de fe.
El responsorio también establece un vínculo entre la lectura bíblica y la lectura patrística. En la tradición romana, la lectura de la Escritura va seguida normalmente de una lectura de los Padres o de otros escritores eclesiásticos, acompañada por su responsorio. En las celebraciones de santos puede ocupar ese lugar una lectura hagiográfica.
Segunda lectura: los Padres y escritores eclesiásticos
La segunda lectura procede habitualmente de los Padres de la Iglesia, de otros escritores eclesiásticos o de autores espirituales reconocidos. En determinados días presenta textos relativos a la vida y al testimonio de un santo.
Esta lectura no sustituye a la Biblia ni posee la misma autoridad que la Sagrada Escritura. Su función consiste en ayudar a comprenderla dentro de la fe de la Iglesia. La tradición cristiana considera necesaria una interpretación auténtica de la palabra de Dios, capaz de orientar la lectura profética y apostólica de forma católica y eclesial.